Leonardo Rodriguez

Londres, capital del vacío

Viví -es una frase que repito con millones de personas- un tiempo en Inglaterra. Lo digo siempre que puedo y me gustaría decirlo con más frecuencia. Es una experiencia que atesoro como pocas otras, pues en ella se juntaron, con particular intensidad, descubrimientos, aprendizajes, placeres, extravíos. No he conocido ciudad tan plural.

Opinión

Londres, capital del vacío
Leonardo Rodriguez

Leonardo Rodriguez

Venezuela, 1977. Estudió Letras en Caracas, cervezas y platos en Londres, periodismo casi literario en Madrid. Desde 2012 reside en São Paulo.

Viví -es una frase que repito con millones de personas- un tiempo en Inglaterra. Lo digo siempre que puedo y me gustaría decirlo con más frecuencia. Es una experiencia que atesoro como pocas otras, pues en ella se juntaron, con particular intensidad, descubrimientos, aprendizajes, placeres, extravíos. No he conocido ciudad tan plural.

¿Podría decirse lo mismo del resto de Inglaterra? Es una pregunta que ya me hacía durante mi estadía. Los viajes a las ciudades vecinas no me persuadieron de que había una diferencia sustancial entre la capital y el resto del país. El clima era igual de sombrío, la comida igual de mala, las librerías siempre atractivas y la pluralidad cosmopolita casi idéntica.

Si esas ciudades me parecieron por momentos como extensiones londinenses, Londres era evidentemente la summa del Reino Unido (en realidad, del mundo).

Hasta que, tiempo después y en otro país, conocí a una señora inglesa que me dijo, perentoria: Todo el mundo ha vivido en Londres. Y Londres no es Inglaterra. Creo que dijo algo contra los extranjeros y la conversación desfalleció.

Había, pues, gente en Gran Bretaña para la que Londres era un lugar humillante y ajeno. En todas partes las grandes ciudades producen rechazo entre mucha gente, se sabe. En todas partes hay quien las ve como la personificación del mal. Esa actitud es una de las condiciones sentimentales del nacionalismo, cuyas fantasías de pureza comunitaria no combinan muy bien con la historia y la idea misma de ciudad. Por lo menos, desde Babilonia.

Lo que me asombró es que eso también ocurriera en Inglaterra, el país con mayor tradición de acogida de extranjeros en el mundo. ¿No es esa receptividad -cosmopolitismo, abertura- la más admirable joya de la corona? Al parecer, no para todos.

En An area of darkness, el majestuoso, desenmascarador primer libro de Naipaul sobre la India, me topé con una frase muy a propósito. Reflexionando sobre la relación de Inglaterra con su excolonia, Naipaul revisó el cambio de actitud de los ingleses frente a su propia ciudadanía. De ser una mera condición geográfica, la ciudadanía británica poco a poco fue pasando a representar un mito. A partir de cierto momento, los escritores ingleses dejaron de ver el mundo para verse solo a sí mismos. Ese ensimismamiento autocomplaciente y enceguecedor no era exclusivo de su literatura. En Inglaterra, escribió, el narcisismo se aplica no solo al país sino a la clase social y a los individuos.

Aunque nunca haya sido sistemático, ese narcisismo dominó la campaña y la votación del referéndum.

Hay quien dice que el Brexit ha puesto fin a una larga relación de amor y odio entre Inglaterra y la Unión Europea. Para seguir en esos términos, ahora los británicos tienen dos opciones: el onanismo y el incesto. El primero, en política, es sinónimo de pequeñez. El segundo (pregúntenle a Shakespeare) es todavía peor.

Londres, mientras tanto, sigue flotando. Ya no la capital sin papeles de Europa sino del vacío. Donde todos, más o menos, estamos.

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