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Londres

Foto: Daniel Leal Olivas | AFP PHOTO

Samuel Johnson dejó sentada la jurisprudencia: “Quien está cansado de Londres, está cansado de la vida”. Y es la vida, esa vida desbordante en el verano de los pubs y los puentes y los parques, lo que no soporta el nihilismo de todas las confesiones. Tampoco el ejercido con grotesca eficacia por el yihadismo global, capaz de poner medios industriales (automóvil) y atávicos (cuchillo) al servicio de una misma voluntad homicida. Así este sábado en Londres, capital de la vida convertida en capital de la muerte por obra de un puñado de fanáticos que parecen salidos de otro siglo. Pero son habitantes del nuestro, porque es en el nuestro donde cristaliza el encontronazo violento entre la modernidad y sus enemigos: una desigual gigantomaquia de la que somos víctimas y testigos.

La secuencia es conocida y empieza a parecerse a una rutina. Primero llega la noticia, abrupta y escalofriante, que se va abriendo paso entre rumores: la posibilidad del terrorismo y la confirmación del terrorismo. Después se suceden las reacciones en las redes sociales, los análisis en los medios y los debates de ideas. Con distintos grados de sofisticación, los argumentos se repiten: sobre la naturaleza del yihadismo, sobre las responsabilidades históricas de las potencias, sobre el equilibrio entre seguridad y libertad, sobre las víctimas musulmanas del terrorismo islamista, sobre el discutible silencio de las comunidades musulmanas, sobre la necesidad de evitar la islamofobia, sobre la imposibilidad de evitar el miedo, sobre la improbable relación entre islam y democracia. Mientras discutimos, se amontonan los cadáveres. En París o Londres; también en Kabul.

Todos tienen algo de razón y nadie tiene toda la razón. A veces, enfrentado al horror de la pantalla, uno querría tener las cosas más claras y abrazar una posición contundente, indiscutible, tajante: para vociferarla en las redes sociales o adornarla de citas en un artículo de fondo. Pero eso sería hacer violencia a los hechos mismos y equivaldría a otra derrota en el combate contra el nihilismo: la derrota, en este caso, del pensamiento libre. No queda más remedio que sostener la pistola en una mano, pero en la otra no hay que llevar la Biblia sino el carnet de la biblioteca.

En realidad, nada hay de especial en el yihadismo. O, si se quiere, lo que el yihadismo tiene de especial se encuentra en la superficie y no en el fondo: es verdad que sus formas son propias y corresponden a las de una religión interpretada dogmáticamente. Pero tanta o más fuerza tuvo en Europa, desde la segunda mitad del siglo XIX hasta hace bien poco, el terrorismo de base ideológica: del anarquismo decimonónico a las Brigadas Rojas, de la Baader Meinhoff a ETA. Es otra cosa, pero la misma cosa: la voluntad de matar en nombre de una totalidad. Si la yihad representa una novedad, hay que buscarla en la colisión entre la modernidad occidental y la reacción contramoderna en el espacio-tiempo común creado por la globalización. Para quien quisiera vivir en el siglo XII, el siglo XXI es una afrenta diaria.

¿Qué hacer, distinto de lo que se hace? Quizá solo hacer mejor lo que ya se hace, al menos mientras el temor no llegue a dominarnos del todo: reforzar los servicios de inteligencia y policía; atenuar las garantías judiciales allí donde resulte razonable hacerlo para evitar que los sospechosos se conviertan en ejecutores ante la impotencia de quienes los fichan; evitar la criminalización de todos los musulmanes del mundo; insistir en la cooperación internacional. Dicho esto, incluso el musulmán más crítico con el yihadismo habrá de aceptar que lo miren con recelo en el metro: no hay emoción más poderosa que el miedo. Pero en las actuales circunstancias no es un precio demasiado alto: reconozcamos que las democracias occidentales han respondido hasta el momento de manera ejemplar y confiemos en que sepan seguir haciéndolo.

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