Juan Manuel Bellver

Los años locos de Hérouville

Sexo, drogas y rock’n’roll en un castillo rodeado de jardines a 40 kilómetros de París. ¿Qué músico de los 70 no habría querido producir sus discos en un estudio de grabación campestre, con habitaciones palaciegas y un chef de primera? Elton John, David Bowie, Iggy Pop o Pink Floyd fueron algunos de los ilustres residentes del Château d’Hérouville

Opinión

Los años locos de Hérouville
Foto: | Wikipedia

Sexo, drogas y rock’n’roll en un castillo rodeado de jardines a 40 kilómetros de París. ¿Qué músico de los 70 no habría querido producir sus discos en un estudio de grabación campestre, con habitaciones palaciegas y un chef de primera? Elton John, David Bowie, Iggy Pop o Pink Floyd fueron algunos de los ilustres residentes del Château d’Hérouville, que hoy revive su años más locos gracias a la publicación en Francia de la novela gráfica Les Amants d’Hérouville (Éditions Delcourt), con guión de Yann Le Quellec y dibujos de Romain Ronzeau.

Como su título indica, dicho cómic –que aún no ha sido traducido al español– toma como hilo argumental los amores del compositor de vanguardia Michel Magne y su segunda esposa, Marie-Claude Calvet, para ofrecernos una estampa de la escena musical de aquella época, su locura y excesos, con Hérouville en el centro del meollo.

La historia empieza en junio ​​de 1970 con una escena casi cinematográfica. Marie-Claude, 16 años, hace autostop en un camino rural. Un Porsche blanco se para frente a ella. «¿A donde vas?», pregunta el conductor. «A Katmandú», responde la chica. En ese momento, aún no sabe que acaba de conocer al hombre de su vida: un personaje extraordinario con el que compartirá experiencias fascinantes, pero también momentos muy duros.

Ese hombre, siempre vestido de negro y 23 años mayor que ella, es Michel Magne: un prolífico compositor que acaba de perder en un incendio todas las grabaciones originales de sus obras, incluidos numerosas bandas sonoras, conciertos para piano, suites orquestales… Todo, destruido para siempre por culpa de un incendio fortuito en un ala de su castillo.

El primer matrimonio de Magne también se había quemado. Dos años antes, su esposa Monique, harta de la vida bohemia del músico, le había dejado con dos hijos a su cargo, Magali y Marin, de 8 y 5 años. Pero nuestro protagonista no es de los que se vienen abajo con facilidad. En vez de compadecerse, decide empezar de cero y aprovechar el revés para transformar Hérouville en un estudio de grabación de primerísima fila.

Tiene el extravagante proyecto de hacer de ese pueblecito del Val d’Oise una capital internacional de la producción musical, gracias a un equipamiento técnico de última generación y a la acústica perfecta de una sala de grabación de 100 m2 con techos altísimos y luz natural. Así que, para atraer a los artistas punteros del momento, organiza fiestas fastuosas donde no falta de nada: canapés de lujo, los mejores vinos, chicas guapas y sustancias ilegales… De repente, Hérouville vive una juerga permanente.

Contratada por Magne como niñera de sus retoños, Marie-Claude se adapta inmejorablemente a la vida disoluta del château y, a pesar de la diferencia de edad, termina casándose con el compositor. Durante el siguiente lustro, vivirán una etapa esplendorosa, acogiendo a la flor y nata de la escena musical francesa y anglosajona. Desafortunadamente, si Michel era el indiscutible rey del alterne, no sabía absolutamente nada de finanzas. Y los reveses económicos terminarán arruinando aquel Xanadú, con un final más trágico de lo previsible: el suicidio de nuestro hombre en 1984, después de que un tribunal confirmase que había perdido todos los derechos de la propiedad.

Magne la había adquirido en 1962, con el dinero ganado escribiendo sus primeras bandas sonoras. Aunque su vocación era la música concreta y electrónica –¡fue alumno de Olivier Messiaen!–, el séptimo arte le había hecho rico debido a una intensa actividad que le llevaría a componer, sólo en los 60, hasta 65 partituras para filmes de Henry Verneuil, Roger Vadim, Costa-Gavras, Jacques Deray o Abel Gance, siendo nominado al Oscar por Gigot, le clochard de Belleville (1963), del norteamericano Gene Kelly.

Situada en el Valle del Oise, Hérouville es una finca de 1,7 hectáreas con varios pabellones palaciegos, que durante el siglo XIX funcionó como parada de postas entre Versailles y Beauvais. Sus habitaciones acogieron los amores furtivos de Federico Chopin y George Sand. Balzac citó el castillo en su novela Modeste Mignon (1844) y Van Gogh lo pintó al final de sus días, cuando residía en la vecina localidad de Auvers-sur-Oise.

Michel había llegado allí por casualidad, cuando fue a visitar a Jean-Claude Dragomir, que lo usaba como atelier de pintura. Convenció a su amigo para que le vendiera la mitad de la finca y se instaló con su familia y sus colaboradores en el pabellón norte, acondicionando en él un pequeño estudio con piano de cola y equipo de grabación. Tres años después, cuando el pintor falleció en un accidente automovilístico, nuestro protagonista quedó como único señor del lugar.

El resto forma parte de la historia del pop. Como el pueblo de Hérouville está lejos de París, su dueño decidió ofrecer a los clientes del estudio –bautizado como Strawberry Studio– un servicio completo de alojamiento y pensión completa del más alto nivel, con 15 empleados consagrados a ello: un portero, un jardinero, un mayordomo, dos amas de llaves, dos cocineros, un carpintero, dos azafatas, una secretaria más el equipo técnico, dos ingenieros de sonido… Un lujazo, vaya.

Justo cuando el proyecto arrancaba, una pirueta del destino trae el 21 de junio de 1971 al cercano municipio de Auvers-sur-Oise a los reyes de la psicodelia californiana, Grateful Dead. Pero el festival en el que debían participar se suspende debido a la lluvia y Magne decide invitar al grupo al castillo. Allí actuaron toda la noche, ante un público de 200 personas incluidos algunos vecinos del pueblo. Los recitales de la banda californiana tenían fama de prolongarse durante largas horas debido al consumo general de alucinógenos y este cumplió todas las expectativas, con Jerry García y sus chicos agregando LSD al ponche y la mitad de los asistentes tirándose vestidos a la piscina.

Aquel fiestón, filmado para la televisión gala y narrado posteriormente en una crónica de la influyente revista musical Rock & Folk, le dio a Hérouville la pátina necesaria para convertirse en un must de la escena rockera. ¿Quién iba a querer grabar en las aburridas instalaciones londinenses de Abbey Road pudiendo trasladarse a este simpático y alocado rincón del Francia? Tras la visita del grupo progresivo galo Gong para registrar su segundo álbum (Camembert eléctrique, 1972), Elton John se convirtió en un asiduo, llegando a producir allí tres elepés seguidos: Honky Château (1972), Don’t Shoot Me I’m Only the Piano Player (1973) y Goodbye Yellow Brick Road (1973). El título del primer disco, por cierto, aludía al edificio como un lugar encantado.

Al autor de Rocket Man no debieron importarle demasiado los fantasmas, puesto que reincidió, aprovechando sus estancias para escaparse muchas tardes a París a ver a su amigo Yves Saint-Laurent. Sin embargo, David Bowie, que grabó allí Pin-Ups (1974) y Low (1976), siempre se negó a dormir en la propiedad y su productor Tony Visconti recordaría tiempo después haber sentido presencias inquietantes en su dormitorio. ¡Llegó a insinuarse que podía ser el espectro del mismísimo Chopin!

A pesar de esas leyendas, Hérouville atrajo en sus mejores momentos a lo más granado de la escena británica e incluso estadounidense: desde el rock progresivo de Pink Floyd (Oscured by Clouds, 1972) hasta el glam de T. Rex (The Slider, 1972 y Thanx, 1973), pasando por el cantautor Cat Stevens, los heavies Uriah Heep o el power-blues de Canned Heat. Incluso Bowie se animó a volver años más tarde con su amigo Iggy Pop, para grabar el álbum The idiot (1977) y componer, in situ, el súper-éxito China Girl, inspirado en la vietnamita Kuelan Nguyen, entonces novia de Jacques Higelin, que se hallaba en otra sala de grabación completando No man’s land.

Para entonces, Magne ya había perdido el control de la finca y la empresa –que siguió funcionando en otras manos–, yéndose a iniciar en Provenza una carrera de artista plástico que no prosperó… y degeneró luego en depresión, juicios y su trágico final. Aquel mismo año de 1977, un trío australiano caído en el olvido, acudió a Hérouville para producir la banda sonora de una película menor consagrada a la naciente escena de la música disco. Eran los Bee Gees y la música de Saturday Night Fever les devolvería a la gloria, llegando a vender 40 millones de ejemplares del disco en todo el planeta. Échenle la culpa al château o a los espíritus que poblaron sus instalaciones.

Pero como el éxito en la música pop suele ser efímero, el prestigio del Strawberry Studio fue cayendo en picado y dejó de funcionar en 1985, siendo reconvertida la finca en granja y centro hípico. Durante mi etapa de residente en París quise ir a verlo, pero estaba casi en ruinas, medio abandonado y puesto a la venta por la cantidad irrisoria de 1,3 millones de euros. Una pena.

No sonó música allí durante más de tres décadas, hasta que dos ingenieros de sonido franceses y un socio financiero lo compraron en 2015 para recuperar la actividad. Hoy se anuncia en web como estudio y residencia de artistas. Quienes lo han visitado cuentan que el piano Steinway de Michel Magne aún preside la sala de grabación principal…

Más de este autor

Beberse los mares y las estrellas

«Hoy también podemos imaginarnos que ingerimos toda la vía láctea si adquirimos la botella de Château Pétrus 2000 que ha puesto en licitación la casa de subastas Christie’s, tras haber sido añejada durante 14 meses en la Estación Espacial Internacional. Valor estimado del remate: un millón de euros»

Opinión

Más en El Subjetivo

Juan Marqués

No es nada extraordinario

«Desconfío de la ‘originalidad’ en poesía: estaría toda la vida leyendo las ‘variantes’ con las que Eloy Sánchez Rosillo aborda los cuatro o cinco temas esenciales»

Opinión

Rafa Rubio

Falsos dilemas

«Cuando la eficacia electoral se impone a la gestión de lo público y el mundo se divide en dos, sin alternativa posible, elegir es tomar partido y, en cierto modo, renunciar»

Zibaldone

Victoria Carvajal

Biden el radical

«Dadas las devastadoras secuelas sociales y económicas del coronavirus y el ritmo imparable de contagio en países como India, su ‘radicalidad’ puede que sea lo que el mundo necesita»

Opinión