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Los cinco retos de Rajoy

Si los diez mandamientos de la ley de Dios se encierran en dos, los cinco retos del nuevo gobierno Rajoy se condensan en uno: solucionar la cuestión catalana. El juicio futuro a Mariano Rajoy –y también a Soraya Sáenz de Santamaría, a quien se le han concedido todos los poderes– dependerá de su habilidad para sortear el escollo del soberanismo. Sin duda, la medida del éxito de un gobierno pasa por responder con el trabajo bien hecho al depósito de fidelidades, afectos y vinculaciones que conforman la historia de una nación. Lo otro –“la casa dividida”, por decirlo al modo evangélico– supondría el fracaso definitivo del empeño democrático de un país que salió del franquismo decidido a dejar atrás el cliché del Spain is different.

Junto al reto catalán –cuya solución requerirá pensar el problema de forma creativa, sin repetir fórmulas que se han demostrado fallidas- se sitúa la dramática fractura de la izquierda, cuya deriva populista y antisistema amenaza con dinamitar ese otro silo de garantías democráticas que es la Constitución del 78. A corto plazo, la debilidad estructural del PSOE facilita un gobierno del Partido Popular, pero está claro que las tornas pueden cambiar si adoptamos una mirada más amplia y libre de prejuicios ideológicos. El fatalismo de las dos Españas se alimenta de una ofuscación generalizada respecto a los grandes avances –en términos económicos, de bienestar y de recuperación de derechos– que ha vivido nuestro país en estas últimas décadas. La obligación política en este caso también resulta moral: no se puede permitir que el resentimiento ni el maniqueísmo tengan la última palabra. Y, por supuesto, tampoco la corrupción.

El tercer reto responde a un desafío global, que es la creciente atomización de la sociedad. El gobierno debe aprovechar el crecimiento económico para sanear las cuentas públicas –Europa rige– aunque, al mismo tiempo, tiene que reformular ese pacto fundamental de solidaridad que son las políticas de bienestar. Lejos de funcionar como un apósito, la cuestión social ha regresado al prime time de la actualidad, precisamente porque en periodos de grandes cambios se multiplica el número de vencedores y de perdedores. Cabe plantearse si, para hacer frente a los riesgos inherentes a la fractura de clases, hay que acudir a más o a menos Estado. En cualquier caso, lo que resulta indiscutible es que necesitamos un Estado mejor, es decir, políticas públicas más efectivas, leyes más ajustadas y una Administración más eficiente.

El punto cuarto requiere destensar la narrativa de un país que en estos últimos años se complace en la frivolidad interesada, el dramatismo y la prosa hormonal. Las argumentaciones ad hominem fabrican patíbulos de barrio, pero no tejen un verdadero sentido moral ni reivindican la ejemplaridad pública. De nuevo volvemos a la corrupción, que actúa como una lacra. Distender exige confiar y la confianza se asienta sobre la ejemplaridad.

El último reto es el de la política, seguramente uno de los déficits notables de la anterior legislatura de Rajoy. La política es el arte de la palabra y de la persuasión, la capacidad de arraigar en la conciencia común no sólo el sentido de la continuidad sino el del futuro y de la esperanza. Y esto tiene que ver también con el valor y el liderazgo. En ocasiones, la prudencia exige asumir riesgos.

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