Manuel Arias Maldonado

Los comprometidos

«El caso de Sastre es sintomático: cuando llegó la democracia, también quería acabar con ella. Nada de lo cual, por lo demás, empece el mérito de sus contribuciones teatrales»

Opinión

Los comprometidos
Manuel Arias Maldonado

Manuel Arias Maldonado

Catedrático de Ciencia Política en la Universidad de Málaga y colaborador habitual en prensa y medios culturales.

El fallecimiento del dramaturgo Alfonso Sastre ha devuelto a los titulares de prensa un adjetivo —«comprometido»— característico de las necrológicas dedicadas a los protagonistas de la vida política en el feroz siglo XX. Se dice preferentemente de los artistas, escritores para más señas. Y aunque el número de los compañeros de viaje va menguando por elementales razones biológicas, el «autor comprometido» continúa siendo objeto de celebración elegíaca en el momento de su desaparición. Es el caso del propio Sastre, que pasó del Partido Comunista a la militancia en Herri Batasuna durante los años del plomo y con ello se ha ganado parabienes póstumos en razón —cito— de su «radical compromiso político».

Salta a la vista que el compromiso expresa la dedicación inquebrantable a una causa ideológica, con independencia de cualquier otra consideración. Ni que decir tiene que la causa en cuestión solía ser el comunismo en alguna de sus variantes, incluido ese separatismo nacionalista que se sigue llamando a sí mismo «izquierda abertzale». Para hablar de «compromiso», pues, no basta con estar comprometido. ¡Eso está al alcance de cualquiera! Por el contrario, es necesario haberse comprometerse con la causa correcta, con el motor «bueno» de la historia.  Jamás leeremos en una necrológica sobre un alemán comprometido con el nazismo o un italiano comprometido con el fascismo; por mucho que esas dos religiones políticas despertaran el entusiasmo político de auténticas multitudes. En el sintagma «autor comprometido», lo decisivo termina por ser el compromiso con un objetivo muy concreto: algo así como el triunfo del socialismo de Estado o cuando menos la adhesión pública al mismo.

Es verdad: el caso español era especial. Defender el proyecto comunista era aquí sinónimo de oposición a la dictadura franquista: un compromiso político honorable. Pero como sabe cualquiera que haya leído el excelente capítulo dedicado a la oposición antifranquista en A finales de enero, el libro de Javier Padilla, la oposición antifranquista era variopinta y no puede decirse que abundaran en ella los partidarios de la democracia liberal. De nuevo, el caso de Sastre es sintomático: cuando llegó la democracia, también quería acabar con ella. Nada de lo cual, por lo demás, empece el mérito de sus contribuciones teatrales.

Sin embargo, estremece constatar hoy que la mayor parte de la intelectualidad europea en la segunda posguerra era comunista en alguna de las variantes disponibles. Muchas de las grandes cabezas de su tiempo entendían así como un objetivo deseable que la democracia liberal fuese reemplazada por una democracia «popular». Y es importante reconocer que eso podía haberle pasado a cualquiera de nosotros, de haber estado allí: presentarse como maoísta pasaba por ser algo casi chic.

Aunque hay que entender la fuerza que poseen las inercias periodísticas, hablar de «compromiso» de una manera aislada —sin entrar a evaluar la causa con la que alguien se compromete— es una mala idea. Los atributos positivos asociados a una palabra que connota lealtad y nobleza de espíritu habrían de reservarse para quien, además de comprometerse, acierta con la índole de su compromiso. De hecho, hay incluso quien rectifica: ahí están el ex comunista Jorge Semprún o el ex nacionalista Joseba Arregui. ¡Eso sí que es valentía!

Pese a los esfuerzos que hacemos por olvidarla, la historia política e intelectual del pasado siglo tiene todavía valiosas lecciones que darnos. Ya se ha visto que una de ellas es que no se debe exaltar el compromiso político o ideológico como un valor en sí mismo; hay que distinguir. Pero hay otra más importante: si tantas personas notables e influyentes pudieron equivocarse de forma tan grosera, convencidos como estaban de defender una verdad tan evidente a sus ojos que se convertía en dogma, ¿no debe la cautela presidir los juicios acerca de la realidad social contemporánea y su posible transformación? Y es que está bien comprometerse, pero no con una verdad juzgada como inamovible en virtud de un corpus ideológico, sino con la búsqueda desprejuiciada de la verdad en un marco político pluralista. Siempre ha habido, siempre habrá, iluminados; tengamos cuidado con sus sombras.

 

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