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Los demás no nos hemos ido

La mayoría de quienes se han ocupado del asunto de Pedro J. están de acuerdo en que el Gobierno y sus aliados tienen que ver con su destitución.

Salvo algunos portentos como ése que afirma ahora que El Mundo no publicaba noticias, sino venganzas –y da a entender que, por ello, bien echado está su director-, la mayoría de quienes se han ocupado del asunto de Pedro J. dentro y fuera de nuestras fronteras está de acuerdo en que el Gobierno y sus aliados tienen que ver, por acción directa o indirecta, con su destitución. Que no se trata tan sólo de la mala situación económica de una empresa: si fuese así, ¿cómo explicar que los directores de El País, ABC o La Razón sigan en sus puestos? Miren los balances y ya nos dirán… Pero con medidas como la retirada de publicidad institucional se presiona eficazmente; añadan un par de cantos de sirena… Y no, ninguna empresa de comunicación, de The New York Times para abajo, es hoy invulnerable. Más, si se ha irritado a tantos y tantas.

Lo que sucede es que, mientras no se mueva alguna otra pieza hasta ahora escondida, la mayor satisfacción que los enemigos de El Mundo tendrán, al abrir el periódico por la mañana (quienes lo abran; parece que en el PP, pocos), será la de no ver el nombre de Ramírez en la cabecera.

No se ha insistido quizá lo suficiente en las personalidades del nuevo director, Casimiro García Abadillo, y de responsables como Fernando Baeta o Juan Carlos Laviana, todos ellos cofundadores de El Mundo, con tres decenios de colaboración –material e intelectual- día a día con Pedro J., de identificación con el espíritu periodístico que infundió a su criatura. Ni se ha insistido en el mantenimiento de los equipos redaccionales. Van a tener que hacer bastante más para cambiar de verdad las cosas. Van a tener que echarles, que echarnos, a muchos. O encontrar a un intermediario que lo haga. Por ahora, ahí estamos.

 

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