Ángel Aponte

Los días grandes de mayo

«Mayo era tiempo de campanas y romerías. 'Mayo fiestero, echa la rueca tras el humero', decían por tierras de Cáceres. Llegaban fiestas grandes como la Santa Cruz, la Ascensión y la Pascua del Espíritu Santo»

Los días grandes de mayo
Foto: Diario de Madrid| Wikimedia Commons
Ángel Aponte

Ángel Aponte

Caballero de provincias e historiador

«Entra mayo y sale abril / cuan garridico lo vi venir» escribió Tirso de Molina.  Y así era pues la luz y la alegría de las mañanas hacían todo más llevadero. En mayo daba gloria madrugar, entre clamores de verderones, mirlos y carboneros e ir por los caminos flanqueados por jaramagos y otras flores de modestia franciscana. Cuando el campo marcaba el tono del tiempo, mayo era una promesa ya casi cumplida de sementeras, frutos y forrajes. Por mayo adelgazaban los mastines, desganados por los primeros calores, con los vientos perdidos por los aires pletóricos de olor a pasto. También por mayo abrían los ojos las camadas de lobillos nacidos en abril pues cuando las jaras están floridas las lobas están paridas. Lope, conocedor de esta gran fortuna que es vivir, exaltó el mes y cantó los ganados que subían al monte a pacer tomillos, el júbilo de las hazas, de las fuentes y los ríos, de los alisos y los lirios despuntados en espadas verdes.

Mayo era tiempo de campanas y romerías. «Mayo fiestero, echa la rueca tras el humero», decían por tierras de Cáceres. Llegaban fiestas grandes como la Santa Cruz, la Ascensión y la Pascua del Espíritu Santo. El ciclo festivo comenzaba hacia el penúltimo domingo de abril, con la romería de la Virgen de la Cabeza en Andújar y también por san Marcos, cuando los pastores retornaban a las serranías desde las dehesas meridionales para pasar después a los esquileos y agostaderos. Atrás quedaban los rigores cuaresmales. Se comía, se bebía, se cantaba y se jugaban toros, como en Beas de Segura, donde Santa Teresa de Jesús fundó convento.

Venía después el día de la Cruz, cuando se engalanaban, con lo mejor de cada casa, altares en patios y zaguanes para pasar horas gratas y en buena compañía. Bien lo merecía tan alta devoción. Si bien los patios con más justa fama eran los de Córdoba, también había costumbre de adornar cruces y estancias en muchos pueblos, y ciudades. Es fecha también mencionada por Lope de Vega en El Arenal de Sevilla y, como todas las de mayo, de gran alegría, de procesiones infantiles y de mucho ruido, en fin, de irse uno a la calle, como tanto nos gusta a los españoles, eternamente goyescos. También de ir de romería como la que acudía a la Ermita de Santa Elena, a tiro de arcabuz de las fragosidades de Despeñaperros. Allí se guardaba la Cruz con la que el cruciferario Diego Pascual, encabezó las huestes cristianas en la jornada de las Navas de Tolosa. Iban a dicho santuario los de los pueblos y comarcas cercanas para pasar un día a lo grande, a la buena de Dios y, como correspondía a la tradición católica, a lo pagano y a lo cristiano. A veces los alborozos se pasaban de la raya -era romería de las que más vale que sobre pan que no que falte vino- y tenían que intervenir las autoridades eclesiásticas. Un obispo de Jaén de las primeras décadas del XVIII, don Rodrigo Marín, quiso atar corto a tan alegre feligresía en más de una ocasión sin que, al parecer, le hiciesen demasiado caso. Muy mal le tenían que sentar estas licencias a un varón de vida tan virtuosa y de tan estrecha manga. No contentos con una romería en mayo, repetían con otra más en julio. Ésta, por conmemorar la batalla, la amenizaban con luchas de moros y cristianos. Hasta allí subían, en caballerías, los clérigos para pronunciar el correspondiente sermón. Se pagaba a los recueros con el rédito de unos censos de poco principal.

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Imagen: Lidia Ramírez | The Objective

El culto a la Cruz se entreveraba con creencias o costumbres muy arcaicas como la de erigir árboles de mayo. Covarrubias, en su Tesoro de la lengua castellana, nos explica: «El mayo suelen llamar en las aldeas un olmo desmochado con solo la cima que los moços o çagales suelen el primer día de mayo poner en la plaça o en otra parte». Con este objetivo, se talaba un árbol y se trasladaba a la plaza u otro lugar de fuste y, alrededor, se festejaba el acontecimiento. Era una costumbre muy extendida, con celebraciones similares en Irlanda, Cornualles, Cheshire, Los Vogos, Alsacia, Bohemia, Suabia, Sajonia y Lituania, entre otros lugares de la vieja Europa.  No nos vamos a detener en sus posibles orígenes o significados que muchos estudiosos relacionan con los cultos a la fertilidad. En otros lugares, el mayo es una persona a la que recubren con hierbas y ramas como ocurre en Galicia y quizás tenga relación con todo esto el hombre de musgo de Béjar que parece un personaje de cuento centroeuropeo o una criatura de los bosques más oscuros.

Asimismo recibían el nombre de mayos las canciones que en estos regocijos se dedicaban a las jóvenes. Gracias a José Manuel Fernández conocemos uno, cantado en Alcázar de San Juan, en el que se proclamaba para el que lo quisiera oír: «Tu frente espaciosa / es campo de guerra,/ donde el rey Cupido / plantó su bandera» y, con enamorada y doliente resignación, “esos cinco dedos cargados de anillos, / para mis prisiones/ cadenas y grillos”. Estos idilios de mayo tienen una vieja y gloriosa genealogía cortés pues ya el Minnesang Walter von der Vogelweide, contemporáneo de Fernando el Santo y de san Luis, cantaba aquello de «mirad a Mayo y a la bella dama». Los cantos de villa y aldea no eran siempre tan comedidos y las alabanzas de los pretendientes podían sobrepasar ciertos límites. Gracias al etnógrafo Manuel Amezcua sabemos que en 1734 el prior de Cabra de Santo Cristo, un pueblo de Jaén, denunció que se había introducido en la villa «el pernicioso abuso de los mayos y las mayas y se reduce a juntarse muchos de los mozos de noche y pararse en las esquinas de las calles y a las puertas de las casas donde hay mujeres doncellas» con el fin de cantar «canciones indecentes y siempre peligrosas, a veces torpemente obscenas». El denunciante, conviene precisarlo era, además de prior, comisario del Santo Oficio de Córdoba, tribunal que si bien había aflojado sus rigores por esas fechas, no era grano de anís ni institución toreable.

Frente a lo que muchos piensan, la vida del campo era un no parar tanto en los laboreos como en lo sagrado. También por mayo se bendecían los campos y se hacían rogativas. En especial entre San Marcos y la Ascensión y sobre todo el día de la Santa Cruz. En unas constituciones sinodales de 1872 se mandaba repicar en la noche anterior a tal jornada para proceder, con la salida del sol, a la bendición solemne según lo establecido por el Manual Toledano. Debemos recordar que el dos de mayo era además el día de san Atanasio, advocación protectora de las labranzas. Una semana después, el nueve de mayo, se festejaba a san Gregorio Ostiense, también con bendiciones de campos para proteger las cosechas de la langosta. Algunos concejos guardaban como oro en paño alguna redoma de agua pasada por la reliquia del Santo, a la que se rinde culto en su santuario en Berrueza, en tierras navarras. También mayo era época de violentas tormentas que se capeaban sobre la marcha desde los campanarios. Estos remedios podían suponer un coste colateral consistente en que los nubarrones pasaran de largo, ahuyentados por el buen hacer de conjuradores y campaneros, y caerle el diluvio al pueblo de al lado, quizás con secreta e inconfesable satisfacción de los bien librados. Justo es reconocer, sin embargo, que las aguas de mayo, siempre que no dañasen los cultivos, eran consideradas beneficiosas e incluso poseedoras de virtudes medicinales y embellecedoras.

Los días grandes de mayo 1

Foto: Mertxe Iturrioz | Wikimedia Commons

Otra festividad vinculada al campo y celebrada en mayo, era la de San Isidro. Su devoción adquirió una gran difusión desde finales del siglo XVI, y coincidió con una ola de agrarismo y exaltación de las labranzas. San Isidro representaba las virtudes del labrador piadoso, laborioso y digno que sostenía con su esfuerzo la Monarquía Católica. Fue además una figura central en nuestro teatro clásico. El fervor isidrista hizo que todos, desde los reyes al honrado pueblo llano, removiesen Roma con Santiago para conseguir su beatificación y canonización, y de paso también la de María de la Cabeza, con la que san Isidro estaba casado. En muchos pueblos de la Corona de Castilla se recaudaron fondos para costear estos inciertos procesos. Así ocurrió en Pozoblanco, en Los Pedroches, en 1614 donde, con este fin, se convocó a campana tañida al vecindario en concejo abierto. Se reunieron 1.000 maravedíes lo que no era poco. La devoción a san Isidro ha pervivido en gran parte de España y en  especial en Madrid que no olvida, a pesar de ser Corte, su pasado de aldea. Y por supuesto en los pueblos. Nada más frecuente que las cooperativas y hermandades de labradores bajo el patronazgo del Santo, con su imagen, representada en ingenuos azulejos, sobre los portones de silos, lagares y almazaras, vigilante en las claras mañanas de trajín y laboreo.

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