Manuel Arias Maldonado

Los espectadores

En 1973, Robert Altman dirigió una formidable adaptación de El largo adiós, la novela de Raymond Chandler. Altman nos presenta a un Marlowe preocupado por dar de comer a su gato, mientras sus vecinas hippies toman desnudas el benéfico sol californiano. Todo en la película tiene una apariencia relajada, posmoderna, cool: una refinada destilación de ironía que no excluye elementos autorreferenciales, personificados en ese vigilante de aparcamiento que no deja pasar a los clientes sin preguntarles qué actor del Hollywood clásico les está imitando.

Opinión

Los espectadores
Manuel Arias Maldonado

Manuel Arias Maldonado

Profesor de Ciencia Política en la Universidad de Málaga y colaborador habitual en prensa y medios culturales.

En 1973, Robert Altman dirigió una formidable adaptación de El largo adiós, la novela de Raymond Chandler. Altman nos presenta a un Marlowe preocupado por dar de comer a su gato, mientras sus vecinas hippies toman desnudas el benéfico sol californiano. Todo en la película tiene una apariencia relajada, posmoderna, cool: una refinada destilación de ironía que no excluye elementos autorreferenciales, personificados en ese vigilante de aparcamiento que no deja pasar a los clientes sin preguntarles qué actor del Hollywood clásico les está imitando.

Pero entonces, cuando todo parecía un juego, sucede algo distinto. Marty Augustine (Mark Rydell), gángster de aspecto algo ridículo, interroga a Marlowe (Elliot Gould) en su apartmento; ha venido con su novia y algunos matones. Sin mediar razón, Augustine rompe una botella en la cara de su novia. La chica empieza a gritar horrorizada; Marlowe y los matones se quedan sin habla. De repente, la violencia real ha interrumpido el juego: hay sangre, un rostro desfigurado, pánico. Altman está mostrando los límites de la ironía, subrayando los peligros de la ficción. «Augustine no es más que otro fantasista con una entrada -como los espectadores en el cine», escribe David Thomson. Es una advertencia dirigida contra todos.

Tras el brutal atentado del pasado jueves en Niza, volvió a abrirse el debate sobre la conveniencia de publicar o no las imágenes disponibles. Para unos, su difusión puede provocar un efecto mimético que conduzca a nuevos ataques terroristas; para otros, una sociedad libre no debe ocultar la verdad, por desagradable que sea. ¿Qué hacer? En la era de las redes sociales, donde todo es objeto de corrosión irónica, las imágenes del terrorismo son el doloroso recordatorio de que tras las palabras hay realidades: una literalidad tan cruenta que la posibilidad de cualquier ironía queda en suspenso de manera automática. La realidad, como el camión, nos arrolla. Y aunque enseguida volveremos a bromear, fantasistas sin remedio, las imágenes permanecen: el rostro ensangrentado de la novia del gángster, el avión chocando contra las torres, los cadáveres desperdigados por el paseo marítimo. Durante ese intervalo de lucidez, al menos, sabemos a lo que nos enfrentamos.

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