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Los fulgura

Foto: JUAN MEDINA | Reuters

Los adivinos etruscos leían el futuro en el vuelo de los pájaros, en las entrañas de los animales sacrificados y en el destello de los relámpagos. A estos últimos, los augures los denominaban fulgura, de donde procede fulgor y fulgurante, que asociamos respectivamente a la luz intensa y a la velocidad. Se diría que el fulgor de una idea nos habla de su hechizo hipnótico y de la aprobación de los dioses, a los que entregamos nuestra vida si resulta necesario. El futuro queda iluminado por este resplandor, que es el de los creyentes y –en su vertiente negativa– el de los fanáticos. Los creyentes edifican un mundo nuevo; los fanáticos, en cambio, convierten el mundo en un infierno.

La línea que separa un lugar de otro –un espacio moral de otro inmoral, uno fértil de otro baldío– es a menudo tan sutil como el sentido de ese relampagueo sobre Roma que intentaban dilucidar los antiguos arúspices. Las sociedades intentan revestir de moralidad sus palabras y sus acciones, porque forma parte de la condición humana la necesidad de sentirse justos. A pesar de que sabemos que la justicia del fanático destruye con su ceguera la paz cívica, esa arquitectura de la humanidad. Regresemos de nuevo a los fulgura: los relámpagos iluminan la oscuridad espectral de la noche pero también abaten los árboles sagrados, incendian los bosques y derriban los campanarios de las iglesias. En nuestros días, el objetivo del augurio también consiste en saber si se cuenta con la aprobación de una dinámica social emergente.

La lucha política se alimenta de convicciones y de vaticinios y, cuando se torna antidemocrática, de fanatismo y de impulso incendiario. Los que no somos adivinos ni sabemos interpretar la densa hojarasca de los datos estadísticos, contemplamos con prevención el relampagueo sobre la ciudad. Afuera llueve, mientras circulan rumores y se acallan las voces serenas. Llega Quim Torra a la presidencia de la Generalitat bajo la doble faceta de hombre de letras y de catalanista visceral. El fulgor de las ideas –ese hechizo- prende el fuego de una creciente confrontación. La yegua de la noche, que temían los ingleses, empieza a irrumpir en el espacio apacible de nuestros sueños.

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