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Los guardianes de la selva

El crimen estaba secando sus fuentes en Sapouy, Sissili y otras provincias de Burkina Faso. Esas fuentes son los comercios y el resto de pequeños negocios por los que la sociedad crea riqueza. El Estado no protege a la población, y esta ha decidido organizarse para hacerlo. Se hacen llamar Koglweogo, “los guardianes de la selva”, y según un reciente reportaje de Le Monde la conforman jóvenes y viejos, musulmanes y cristianos. Vigilan los poblados, detienen a los criminales, los juzgan y los condenan. No ofrecen más garantías procesales que las del propio interés por descubrir a los culpables. La tortura es parte de su apero hermenéutico. La prensa local recoge el éxito de su actividad, y la admiración y el miedo que despiertan en la población.

Desmienten al segundo premio Nobel de Economía, Paul Samuelson, y a una legión de colegas, que creen que este tipo de servicios de seguridad no se pueden organizar al margen del Estado por el problema del free-rider, nombre con el que los economistas llaman al caradura que se beneficia sin pagar. El QED de los Koglweogo resulta muy expeditivo: identifican y secuestran a quien no quiere satisfacer la cuota, hasta que saque del bolsillo unos 100.000 francos locales. Necesitan reunir los fondos necesarios para mantener su actividad, pero muchos temen que esos medios les confieran el poder de convertirse en otra organización coactiva y ladrona; en una mafia, que es como se llama a los pequeños rivales del Estado.

Es posible. En México se creó una organización vigilante llamada La Familia; acabó llevando armas y hombres al lado del crimen, y fue otra organización vigilante la que los desbarató. El Estado no quiere rivales, pero no debemos olvidar que su existencia es subsidiaria y que tenemos el derecho de organizarnos por nuestra cuenta.

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