David Mejía

Los héroes burgueses

En la madrugada del 14 de abril de 1912, Benjamin Guggenheim —quinto hijo del magnate Meyer Guggenheim— murió en el naufragio del Titanic. Como pasajero de primera clase y hombre de gran notoriedad, Ben tuvo ocasión de subir a uno de los escasos botes salvavidas. Sin embargo, llegado el momento, dio un paso atrás y le dijo a su acompañante, la cantante Léontine Aubart: “Recuerda que ninguna mujer quedó a bordo porque Ben Guggenheim fuera un cobarde”. Se despidió de ella, pidió un brandy, y se hundió con la nave.

Opinión

Los héroes burgueses
Foto: PASCAL ROSSIGNOL| Reuters
David Mejía

David Mejía

Licenciado en Filosofía y Teoría de la Literatura. Ahora en Columbia University. Hace radio en WCKR FM 89.9 FM, New York.

En la madrugada del 14 de abril de 1912, Benjamin Guggenheim —quinto hijo del magnate Meyer Guggenheim— murió en el naufragio del Titanic. Como pasajero de primera clase y hombre de gran notoriedad, Ben tuvo ocasión de subir a uno de los escasos botes salvavidas. Sin embargo, llegado el momento, dio un paso atrás y le dijo a su acompañante, la cantante Léontine Aubart: “Recuerda que ninguna mujer quedó a bordo porque Ben Guggenheim fuera un cobarde”. Se despidió de ella, pidió un brandy, y se hundió con la nave.

Durante la elaboración del guion de la exitosa Titanic, el equipo de James Cameron quedó maravillado con esta anécdota, sin embargo, se vieron obligados a excluirla: ni el más ingenuo espectador se creería un gesto tan heroico por parte de un burgués. La heroicidad burguesa nos resulta hoy tan inverosímil que en la película, el ejemplo de comportamiento burgués, lo simboliza el perverso Cal, que en un acto de infame cobardía finge ser padre de una niña indefensa para salvar su propio pellejo.

El procés ha fracasado como epopeya porque ha pretendido aunar dos elementos irreconciliables desde 1868: burguesía y revolución, clase media y heroísmo. El cortocircuito estaba asegurado, ya que el honor de la burguesía hace tiempo que no depende de gestas heroicas, sino del respeto a las normas. Su hecho diferencial, su motivo de orgullo y presunción, no es la desobediencia, sino la responsabilidad, el trabajo bien hecho y la defensa del orden. La burguesía es estabilidad, no desequilibrio. Así lo muestra la novela del xix: historias de burgueses y sus dramas cotidianos, privadas de peripecias heroicas. Muchos lamentaron esta desmitificación de la literatura, entre ellos Joseph Schumpeter, que sentía que la bolsa de valores era un pobre relevo literario del Santo Grial.

El secesionismo catalán ha puesto a unos burgueses anodinos a buscar el Santo Grial, y el resultado ha sido el previsible; sin héroes no hay épica. Al ver el grado de sorpresa de los políticos encausados ante la reacción de la Justicia, uno se pregunta: ¿dónde está su heroísmo? Si la reacción de la Justicia ha sido tan inesperada, ¿cuál era el riesgo que heroicamente asumían? No es valiente quien actúa creyéndose invulnerable. Y ahí tenemos cómo ha reaccionado una clase política malcriada, acostumbrada a ganar o empatar sus pulsos al Estado, al sentirse vulnerable por primera vez.

Por eso esta revolución no triunfará, porque está huérfana de héroes. En el siglo xix los burgueses conspiraban contra el absolutismo, en favor de un régimen liberal. En cambio, un burgués revolucionario dentro de una democracia liberal es un contrasentido. En esta revolución solo hay un conflicto de soberanía, no de modelo. Estos burgueses quieren romper las normas, para inmediatamente reinstaurarlas. Más allá de tener “forma de República”, como solemnemente predican, desconocemos qué otras diferencias existirían en el marco jurídico del nuevo estado.

Por una extraña atracción hacia la necedad humana, me divierte leer las comparaciones que ciertos comentaristas hacen entre el procés y las guerras de independencia americanas. Suelen establecer los mismos desajustados paralelismos, pero hay un elemento de comparación que nunca aparece, el de los líderes. Es ahí donde las comparaciones se detienen. Cosa que no sorprende, porque aquellos tenían a San Martín, Bolívar o Miranda, y en Cataluña tenemos lo que tenemos: aciagos burgueses que abrazados a una farsa sentimental abandonan el barco.

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