Gabriel González-Andrio

Los hijos de las tinieblas

Quizá nos estamos acostumbrando en exceso a los atentados terroristas, a las muertes de inocentes. Cualquiera de nosotros podría estar en esa lista negra.

Opinión

Los hijos de las tinieblas

Quizá nos estamos acostumbrando en exceso a los atentados terroristas, a las muertes de inocentes. Cualquiera de nosotros podría estar en esa lista negra.

El tiempo pasa, pero las secuelas no. La imagen de esta mujer con sus prótesis ortopédicas es escalofriante. Quizá nos estamos acostumbrando en exceso a los atentados terroristas, a las muertes de inocentes. Gente sencilla que simplemente estaba disfrutando de la llegada de un ser querido a la meta o de vacaciones en la playa.
Víctimas inocentes cuyas vidas querdaron marcadas para siempre por el terror. Sólo algunas han vivido para contarlo, el resto se despidieron de este mundo  antes de tiempo.
Aún no he podido quitarme de la cabeza las imágenes de matrimomios y familias –ingleses y alemanes en su mayoría- huyendo despavoridos en el hotel Riu de Túnez. Dos jóvenes armados con kalashnikov desembarcaron en una playa para asesinar a quemarropa a todo el que les salía al paso (qepd).
¿Y ahora qué? Ahora empezaremos a conocer los testimonios de los supervivientes, la vida de los fallecidos, por qué eligieron ese destino, en qué trabajaban, mensajes en los móviles, etc. Lo de siempre. El seguimiento periodístico en estos casos es previsible.
Pero pronto caen en el olvido. Pasamos página y enseguida nos zambullimos en la sección de Deportes con el último fichaje estelar del verano. Como si aquello que ha ocurrido fuera una desgracia ajena, culpa de la mala suerte.
Y no, señores y señoras, cualquiera de nosotros podría estar en esa lista negra. Porque ninguno sabemos el día ni la hora. Porque el mal existe y los “hijos de las tinieblas –como dice el Evangelio-  son más sagaces que los hijos de la luz”.  Visto lo visto, no hay duda que así es.
La paz en el mundo nunca será total mientras el corazón del hombre no se transforme (convierta), cambiando el discurso del odio por el del amor. Suena bonito, poético, pero queda mucho camino por recorrer para que esto ocurra.
Me temo.

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