Laura Fàbregas

‘Los Jordis’ de Chicago

«A veces solo la perspectiva del tiempo dilucida lo que fue una causa justa (como derogar el servicio militar) o una laminación de derechos individuales y civiles (el referéndum del 1-O)»

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‘Los Jordis’ de Chicago
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Laura Fàbregas

Laura Fàbregas

Vivo entre Madrid y Barcelona. En tierra de nadie. Me interesan las causas incómodas. Pero lo importante no es lo que se dice sino lo que se hace.

El peligro de creer estar en el lado correcto de la historia es que reniegues de los métodos y formalidades democráticas y termines por compararte con Gandhi o los siete de Chicago sin ruborizarte. 

Esto es lo que ha hecho el independentismo, un movimiento eminentemente institucional y gubernamental, cuando por el mero hecho de creer tener la razón o representar El Poble ha vulnerado los procedimientos que rigen las democracias liberales. Su exigua mayoría parlamentaria, decían, era suficiente para instalar una república. 

Algunos, con más cabeza y sentido de la vergüenza, como Pedro Vallín, han limitado el paralelismo de los siete de Chicago a Jordi Sánchez y Jordi Cuixart. Pero en Estados Unidos se conocen bien las diferencias entre un Martin Luther King y los Gongouna organización no gubernamental organizada por el Gobierno. Es decir, lo que siempre ha sido la ANC y Òmnium, un engranaje del Govern.

La película de Sorkin demuestra, aunque intuyo que sin pretenderlo, la importancia de estas formalidades democráticas. Los siete, estos sí miembros de la sociedad civil, pidieron en reiteradas ocasiones permisos para manifestarse. Y el propio Abbie Hoffman, el líder irreverente de los Yippies, asegura en su alegato que, en democracia, el cambio político sólo se puede producir mediante el uso del voto “cada cuatro años”. No dominando las calles. Una definición de democracia que desde Maduro a la CUP considerarían “burguesa” o restrictiva. Y que ni él mismo Hoffman creía, pero que se convirtió en una verdad judicial para tumbar los cargos por conspiración.

Esta fue una de las frases claves de la estrategia de defensa y que Sorkin no ha podido eliminar si quería ser fiel a los hechos y testimonios del proceso judicial.

La película también muestra las limitaciones e imperfecciones del Estado de Derecho. En definitiva, los excesos que se pueden cometer en un sistema que no es infalible pero que la experiencia demuestra que a la larga da más garantías que cualquier proyecto político que se sustente en la creencia de una nueva arcadia libre de corrupción.

La gracia de respetar el método y los procedimientos es que te protegen tanto de las causas justas como de las totalitarias. A veces solo la perspectiva del tiempo dilucida lo que fue una causa justa (como derogar el servicio militar) o una laminación de derechos individuales y civiles (el referéndum del 1-O).justicia

 El adanismo político mitifica la revolución, y Sorkin no es inmune a ello. Defender el rule of law y los avances que también conlleva es menos narrativo en el cine. Pero volviendo al ejemplo de Estados Unidos, desde el republicano Eisenhower al demócrata Kennedy enviaron la policía en Arkansas o Mississippi para hacer cumplir las resoluciones judiciales y así los alumnos negros pudieran acceder a las escuelas.

Fue una decisión en contra de los gobernadores de aquellos Estados y la “voluntad popular” con la que contaban al haber ganado las elecciones. Pero sirve para entender cómo el procés siempre tendrá más que ver con los Estados del Sur norteamericanos que con los siete de Chicago.

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