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Los jóvenes, los viejos y la crisis

El sketch de Monty Python sobre

">las abuelas infernales que aterrorizan Bolton describe con más eficacia los últimos años que la mayoría de las obras consideradas realistas. La crisis, como se sabe, no ha sido igual para todos. En España ha recaído con más dureza en los más débiles, como personas con salarios más bajos e inmigrantes. Y también en los jóvenes, cuyo riesgo de exclusión y pobreza ha aumentado.

Comentando un informe de la OCDE sobre las consecuencias de la crisis (hasta 2011), el sociólogo Pau-Marí Klose escribía en Agenda Pública, “los mayores han mantenido su poder adquisitivo porque los gobiernos han tendido a preservar el poder adquisitivo de las pensiones en un contexto en que otros grupos sociales padecían riesgo de desempleo y empobrecimiento, y veían recortadas sus prestaciones de manera bastante más contundente. En el caso de las pensiones, los recortes se aplazan a jubilaciones que se producirán en el futuro”. Además, las dificultades de esos jóvenes se trasladan a sus hijos e incrementan la pobreza infantil.

Hace unos días, Marí-Klose analizaba los cambios en la clase media española durante los años de crisis: “Las clases medias se han polarizado. Muchos jóvenes que solían incorporarse al primer tramo de ingresos de la clase media [...] han visto bloqueada su entrada en este grupo. En cambio, un número creciente de personas de edad más avanzada se han posicionado sólidamente en el tramo alto de ingresos de la clase media. La fractura que se abre en la clase media tiene un claro perfil edatario”. (También en estos años se ha extendido el meme de las familias que sobrevivían gracias a la pensión del abuelo, popularizado en sobremesas y en artículos que nos decían que hay personas más allá de la fría estadística. La fría estadística, por otra parte, ha tenido problemas en encontrar datos que sustenten esa fábula entrañable).

El politólogo José Fernández-Albertos ha escrito sobre el sesgo de edad en el sistema electoral español: “los votantes de más edad se abstienen menos y tienden a ser más fieles (cambian menos de partido de una elección a otra). Esto ya les otorga una cierta ventaja respecto a otros grupos sociales a la hora de competir por el favor de los políticos. Nuestro peculiar sistema electoral les da además una enorme ventaja adicional: sobrerrepresenta de forma desproporcionada a aquellos lugares donde son más abundantes, e infrarrepresenta a aquellos donde son más escasos”.

El historiador Harold James ha hablado, quizá con un exceso de entusiasmo, de una guerra, que “se libra principalmente en las urnas –la gente mayor gana elecciones, mientras que la gente joven se queda en casa– y el botín está en el presupuesto nacional, en los equilibrios entre gasto educativo, en las pensiones, la sanidad y los regímenes fiscales”. En nuestro país han surgido nuevos partidos que reciben el apoyo de los jóvenes, aunque no han hecho de las reivindicaciones generacionales un elemento central.

Manuel Arias Maldonado llamaba hace unos días a una toma de conciencia y a una negociación razonable de la redistribución de los recursos públicos, y reclamaba un espíritu reformista a los jóvenes frente al encanto narcisista de la “psicología de la resistencia”. Es una paradoja llamativa que algunas de las protestas juveniles de los últimos años han sido contra intentos de modificar reglas que perjudican sistemáticamente a los jóvenes. En vez de pedir un mejor reparto de la tarta, exigen que todo siga más o menos igual hasta que pase la tormenta: al final de la tarde, mi madre bajará a la plaza y me traerá la cena en un tupper.

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