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Los límites del entrevistador

Foto: YouTube | Youtube

Conozco de cerca al presentador de televisión, ese espécimen en general lamentable, ya que hace años trabajé para uno. En las sobremesas alcohólicas que nos suministrábamos los guionistas para aguantar, un compañero hablaba siempre del libro que tenía pensado escribir: “El presentador de televisión. Capítulo uno: Sus límites”. No pasaba de ahí, y no hacía falta: porque en realidad ahí estaba ya todo.

Lo recordé al ponerme la entrevista de Risto Mejide a Arcadi Espada, uno de los errores de mi vida. Recordé también lo que decía Salvador Pániker: “Todo entrevistado acaba reducido a los límites mentales de su entrevistador”. El complejo y acerado Espada, pues, reducido a la mente simplona del vendedor de adocenamientos con ínfulas de originalidad Mejide. Este fue publicitario y en su día le encasqueté mi eslogan favorito de todos los tiempos: “El típico ser único”.

Espada sabe que no debe ir a la televisión, pero va. Por dinero, naturalmente. Un día confesó que cuando se ve en vídeo metido en una discusión se horroriza: “¡Me he convertido en Pilar Rahola!”. Quizá lo pensó ante los que le puso Mejide, pero lo disimuló. Mantuvo la compostura durante la reducción a la que fue sometido. Hasta que no pudo soportar la abyecta utilización que hizo Mejide de un padre y un hijo y se levantó y se fue. Aún tuvo la entereza moral de no moralizar, en aquel estudio que Mejide había puesto pingando con su diarrea moralizante.

A Espada le pierden sus pedagogías un tanto abruptas; ese atenerse a las ideas hasta un punto en que parece haber perdido la compasión. Esto en televisión no funciona. Su toque histriónico y su contundencia, que son dos formas de cortesía –puesto que le brinda al espectador la oportunidad de que no se lo tome en serio, es decir, que lo deja libre–, son aprovechados por un patán como Mejide para ponerlo en la picota: abusando así del espectador al que Espada había respetado.

De Espada podría decirse aquello tan bonito que dijo Borges de Oscar Wilde: que nadie había reparado en que, más allá de sus ingeniosidades, su esteticismo y sus escándalos, está “el hecho comprobable y elemental de que Wilde, casi siempre, tiene razón”. Espada es hoy nuestro librepensador más pugnaz, el que se mete en más líos. No por el afán de llevar la contraria, como repetía el reductor Mejide (que sí vive de llevar la contraria, con una previsibilidad tan soporífera como estomagante), sino porque la verdad les viene grande a muchos. Empezando por el entrevistador.

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