Joaquín Jesús Sánchez

Los lloricas

«Seguro que ahora, el buen timonel de la transición estará apenado, sentado en la casa opulenta de algún amigacho, pensando en que los "menores de 40 años solo lo recordarán como el de Corinna, el del elefante y el del maletín". Podría ser peor, majestad, pero es que no nos dejan»

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Los lloricas
Foto: Daniel Ochoa de Olza| AP Photo
Joaquín Jesús Sánchez

Joaquín Jesús Sánchez

Joaquín Jesús Sánchez (Sevilla, 1990) estudió Filosofía y escribe crítica de arte, crónicas malhumoradas y artículos de variedades. Puede seguir sus trepidantes aventuras en www.unmaletinmarron.com

Iba a escribir sobre los lamentos de los fulanos de Airbnb y de los comerciantes de baratijas del centro de Madrid (primero nos echan de la ciudad y luego nos piden limosna), pero los gimoteos y sorbemocos de los monárquicos me han distraído.

Tienen razón: nadie en el mundo inspira más compasión que don Juan Carlos. No tenía nada y fundó la monarquía en el garaje de la casa de sus padres. La clásica historia de superación. Luego, en vez de ejercer de emperador absolutísimo e intergaláctico… ¡nos trajo la democracia! ¡Él solo, sin ayuda de nadie! Y ahora, este país de desagradecidos, en vez de lamer el cetro y la corona que tantas dichas le ha dado, lo exilia. Hasta los amigos del rey están siendo «menos espléndidos» de lo que a él le gustaría. Mancha de egoístas, ¡recua de malagradecidos! Seguro que ahora, el buen timonel de la transición estará apenado, sentado en la casa opulenta de algún amigacho, pensando en que los «menores de 40 años solo lo recordarán como el de Corinna, el del elefante y el del maletín». Podría ser peor, majestad, pero es que no nos dejan.


Sesudas investigaciones han demostrado que los reyes son la primera preocupación de ellos mismos. Mantener el chiringuito e ir tirando. Yo entiendo que un señor que pierde la poltrona se enrabiete, pero me cuesta mucho comprender la pena de los terceros en discordia. ¿Es que quieren un marquesado? Reconozco que me lo he pasado pipa estos días viendo al personal hacer equilibrismos. Que si han sido errores de un anciano enamorado, que si en el mundo árabe aceptar donaciones significa otra cosa, que si Pablo Iglesias le ha robado la tarjeta a una zagala y de eso no se está hablando, que si esto en realidad es una astutísima maniobra para derrocar el Estado de derecho y para imponer una tiranía soviética… De todo, oiga, menos hablar de lo feo que está aprovechar un cargo público (por ser vos quien sois) para forrarte en nombre de la patria y luego llevarte la pasta a Suiza. No sé cómo esto no encoleriza a los conservadores, francamente.

Los llorones están desconsolados. Hasta Cándido Méndez, el que fuera sindicalista, ha salido a contar el disgusto que se ha llevado, porque, aunque es republicado, en su casa hay una foto del rey. (No nos cabe un comunista más en este país). Quisiera, con esta columna, aliviar en algo su aflicción. A mí, lo del exilio me parece una horterada. Un pobre señor paseando las ortopedias por el extranjero: quita, quita. Estoy con vosotros, monárquicos. Yo creo que deberíamos pagarle una indemnización por este ultraje y montarle una recepción de desagravio: con elefantes, saudíes, banqueros suizos, confeti de la Constitución y una buena ristra de muchachas a las que les pueda ingresar millonadas para que vivan dignamente.

Incluso, podemos montarle un 23F pequeñito, para que vuelva a sentirse joven. ¡A sus plantas, soberano!

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