Beatriz Manjón

Los muertos silenciados

«Para embalsamar el recuerdo hay que consentir el dolor de sus contracciones, en lugar de anestesiarlas con la epidural de la estadística»

Opinión

Los muertos silenciados
Foto: Manu Fernandez| AP
Beatriz Manjón

Beatriz Manjón

Gallega sin escalera. Periodista. Coleccionista de rechazos editoriales. Mis mejores páginas son, ay, las que no escribo. Intento vivir a salto de cata.

«Un avión con 435 pasajeros se ha estrellado hoy en España. No hay supervivientes». Una noticia así abriría todos los telediarios, monopolizaría las portadas, despertaría curiosidad por la identidad de las víctimas, alumbraría perfiles más o menos hagiográficos y armaría un mausoleo con peluches, velas y pósits; pero el martes se notificaron 435 muertes por COVID-19 y de ellas solo se ha ocupado la estadística.

La diferente atención prestada a los fallecidos de la primera y de la segunda ola de la pandemia recuerda al In memoriam de los Goya: unos muertos se llevan aplausos y otros, silencio. «¿Por qué olvidamos a los muertos? —se preguntaba Pavese—. Porque ya no nos sirven». Por primavera, las víctimas revivían en encendidos tuits y titulares que exigían reconocimiento, luto y homenaje. Pero ha llegado el otoño y, más allá del periodismo de aniversario que se acuerda de los difuntos por noviembre, a los finados solo les queda ese segundo entierro que es el nicho de un gráfico. Será que, al estar repartida la responsabilidad, también lo está la culpa y los muertos han dejado de resultar útiles como arma arrojadiza. O será que la muerte ya no es noticia, porque lo difícil en España no es morir sino vivir.

Del estado de alarma no «salimos más fuertes» —acaso más ERTEs—, sino más indolentes: cuando el miedo entra por la puerta, la empatía salta por la ventana. Hoy impresionan menos los huesos de un cadáver que las costillas del hambre. Silenciados los muertos por el ruido de las tripas, la puja de vacunas, la subasta de confinamientos, los presupuestos bildudosos, las banales polémicas políticas de cada día o los gritos en Cantora, queda esa sensación de apagamiento definitivo que es el olvido. Quizá la «nueva normalidad» era esto: asumir los muertos por coronavirus como se aceptan los de la gripe o los suicidios, la vida entendida como el exceso de mortalidad que podamos soportar. De momento, la crisis sanitaria se ha cobrado 70.000 españoles más que un año normal, cifra que el Gobierno sigue sin reconocer. Habrá que erigir un monumento al muerto desconocido, cuya inscripción debería imitar la que Jules Renard imaginó para su busto:

A JULES RENARD

sus compatriotas indiferentes.

«Sabemos que el olvido y la desmemoria forman parte de la estrategia de vivir», dijo Juan Marsé al recibir el Cervantes. Pero «la memoria nos construye como seres morales». Para embalsamar el recuerdo hay que consentir el dolor de sus contracciones, en lugar de anestesiarlas con la epidural de la estadística; inquirir quiénes han fallecido, cómo y por qué, no conformase con el cuánto. Porque la muerte no es un muerto, sino, como precisó Ruano, unos cuantos detalles de la vida. Y en esos detalles habrá claves para comprender mejor esta crisis. Sobre esa sepultura del día que es un periódico, debería el periodismo depositar, como flores, las historias de los difuntos; arrojar palabras esclarecedoras en lugar de echar tierra, el arroz nupcial del muerto; ofrecer una mirilla respetuosa y, sobre todo, una chimenea a quienes han de convivir con el frío de una cama o de un asiento vacío. Para poder pasar página, primero hay que haberla escrito.

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