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Los mundos para lelos

Antes de ayer viajé en tren desde Málaga hasta Madrid. La estación de mi ciudad lleva el nombre de la filósofa María Zambrano, quien sentenció (como tantos otros en otros términos) que “todo lo que ha hecho el hombre en la historia, lo ha soñado antes”. Por eso siempre recibo con respeto los vaticinios heterodoxos de nuestra vanguardia científica, empresarial y tecnológica. Mejor pecar de osado que de conformista. Hay, además, un poso de esperanza cuasi teológica para los que no tenemos la suerte y el don de creer en ningún más allá.

Pero muy necesitados debemos de estar de mensajes que nos saquen de nuestro presente cuando el CEO de Netflix considera un vaticinio de futuro crear “pastillas que nos trasladarán a un mundo paralelo”. Mi paseo vespertino de hoy junto al Danubio, en una Belgrado soleada y primaveral aunque cortada por un viento frío, ha sido exactamente eso; como lo ha sido la lectura en el avión de dos relatos de Borges y dos capítulos de una novela de la saga del comisario Montalbano; y el final de Paris-Texas que me puse anoche para conciliar el sueño en Malasaña, como si Harry Dean Stanton me contara un cuento junto a la cama. O, más crudo, ¿qué era hacer la ruta del Bakalao hasta arriba de ácido sino un viaje a una realidad paralela gracias a una pastilla?

Imaginar el futuro, la curiosidad, es una virtud evolutiva, pero a veces se confunde con echar balones fuera ante la insatisfacción profunda del día a día. Se acerca más a una falsa vía de escape que a un genuino deseo de acrecentar el jugo que le sacamos ya a nuestro presente. Es algo que ocurre cada día en las relaciones afectivas, que parecen durar lo que tarda en desvanecerse el clavo ardiendo de un futuro donde el salario será mejor, el piso más grande y las medidas corporales más ajustadas.

Es triste necesitar una pastilla para evadirse, cuando tenemos ya ante nosotros un mundo real e hiperconectado donde expandirnos consciente y alegremente.

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