José García Domínguez

Los nietos de Caín

"Por un voto, uno solo, España estuvo a punto de quebrar. Pero era más importante tumbar a Zapatero que evitar la suspensión internacional de pagos del país. Mucho más. Esa era la mentalidad entonces. Y esa misma sigue siendo ahora"

Opinión

Los nietos de Caín
Foto: Victor Lerena
José García Domínguez

José García Domínguez

Gallego practicante pese a residir desde la tierna edad de 5 años en Barcelona, ciudad donde se licenció en Económicas. Ha sido editor de El Correo Financiero además de colaborar en distintas etapas, entre otros medios de comunicación, en COPE, ABC, Es Radio, El Mundo y Libertad Digital.

Otra vez, tan única, la extravagancia hispana. Allí estrictamente marginal y callejero, el alboroto contra el consenso científico, ese mismo que prescribe distintos grados de confinamiento como la estrategia colectiva más eficaz contra el virus, apenas reúne en Alemania a la escena folklórica local, una sopa menestra de frikis antisistema capitaneada por cierto cocinero vegano entre cuyas especialidades figura, según certifican sus biógrafos periodísticos, el avistamiento rutinario de ovnis. Nada muy distinto, por lo demás, a cuanto sucede en Francia, donde el asentimiento transversal a la estrategia del Gobierno contra la pandemia congrega en un mismo bloque de opinión a la extrema izquierda populista de Mélenchon junto a la extrema derecha popular de Le Pen. Frente al virus, no existen la izquierda y la derecha; frente al virus, solo prevalece Francia. E igual ocurre en Italia. Pese a sus muertos tan excesivos. Pese a sus contagios tan innúmeros. Pese a su consabida lentitud institucional a fin de imaginar lo inimaginable. Pese a su colapso sanitario tan agudo. Pese a su crónica devoción colectiva por el griterío y el exceso escénico. También pese a su aparente fractura nacional.

Y otro tanto procede decir de Estados Unidos, donde el muy televisivo posado libertario de cuatro lunáticos devotos de la Asociación Nacional del Rifle, todos ellos prestos a contagiarse en nombre de los grandes principios heredados de los Padres Fundadores, no nos puede hacer perder de vista el esencial consenso en torno al sentido de la responsabilidad que están mostrando los gobernadores de los estados, igual los demócratas que los republicanos, en la gestión, tan descentralizada en su caso, de la crisis. Como en Bélgica, en el Reino Unido, en Portugal, en Chequia, en el Este todo, en Grecia… Y es que, con la casi exclusiva excepción del inclasificable Bolsonaro en Brasil, el disenso semeja hoy una peculiaridad castizamente española. Nada nuevo, por cierto. Más bien lo contrario. A fin de cuentas, si hubiese que buscar un sesgo peculiar y recurrente en las leyes no escritas de la vida política española, la tara patria que nos hace tan distintos, es justamente esa tendencia suicida hacia la división y el enfrentamiento partidista justo cuando más necesaria se antoja la unidad de acción en torno a un mismo objetivo colectivo. Porque, no lo olvidemos, llueve sobre mojado. Otra vez. Y van tantas las veces que ya es fácil perder la cuenta.

Por el prurito tan pueril como temerario de intentar hacerle perder una votación al Gobierno en las Cortes, un partido de Estado, que no otra cosa resulta ser el PP, ha transitado con alegre frivolidad de votar a favor de un estado de alarma a abstenerse sobre un estado de alarma, para luego votar en contra de un estado de alarma. Sin solución de continuidad y en el abigarrado intervalo temporal de tres suspiros consecutivos. Si bien nada nuevo, decía. Porque no hace falta que nos remontemos a Atapuerca, cuando a don Manuel se le antojó muy normal y pertinente confluir con la extrema izquierda planetaria en el empeño de mantener a España bien lejos de la OTAN y bien cerca del Tercer Mundo. Disparatada excursión por el borde del abismo emprendida con el exclusivo afán de echar a Felipe González de La Moncloa. Una eternidad después de aquello, por más señas el 12 de mayo de 2010, con el Reino de España a punto de declararse en quiebra, en medio de una fuga masiva de capitales y tras el cierre de los mercados a nuestros bonos soberanos, el perentorio plan de ajuste fiscal de Zapatero solo se pudo aprobar por un único y agónico voto de diferencia en el Congreso, 169 frente a 168. Por un voto, uno solo, España estuvo a punto de quebrar. Pero era más importante tumbar a Zapatero que evitar la suspensión internacional de pagos del país. Mucho más. Esa era la mentalidad entonces. Y esa misma sigue siendo ahora. Mentalidad que comparten, huelga decirlo, izquierda y derecha. Repárese, si no, en aquellas obscenas estampas agitativas de cuando la rentabilización tumultuaria de los muertos durante las vísperas electorales posteriores al atentado islamista del 11-M. O, en fin, en la pareja explotación amoral del accidente del Prestige por parte del PSOE y sus confluencias ocasionales. Ah, los nietos de Caín.

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