Melchor Miralles

Los niños refugiados, nuestro futuro

Tiene toda la lógica. El trato “pésimo” a los menores refugiados en Europa, que es un tercio de quienes buscan asilo, incrementa el riesgo de radicalización y su implicación en catos criminales, según advertencia del Consejo de Europa.

Opinión

Los niños refugiados, nuestro futuro
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Melchor Miralles

Melchor Miralles

Periodista, productor de televisión y cine y escritor. Le gusta leer, viajar, comer, o sea, un disfrutón de la vida.

Tiene toda la lógica. El trato “pésimo” a los menores refugiados en Europa, que es un tercio de quienes buscan asilo, incrementa el riesgo de radicalización y su implicación en catos criminales, según advertencia del Consejo de Europa. “Lo que están pasando ahora definirá en quién se van a convertir, y también definirá, en algunos aspectos, nuestro futuro común”, explica a The Guardian Tomás Bocek, secretario general de migraciones. No estamos siendo capaces en la Unión de hacer frente al problema y de nuevo los niños, como siempre, los más débiles, son las principales víctimas.
 
Hay una idea generalizada que parte de un error. Buena parte de quienes huyen del horror en Siria, Afganistán o Irak no son pobres de solemnidad que huyen por su condición de parias. Se trata incluso de hombres y mujeres de élites, con una posición económica más desahogada, con estudios universitarios, que pueden pagar a las mafias que les terminan abandonando a su suerte.
 
Bocek, tras visitar campos de refugiados de Grecia, Macedonia, Francia, Turquía, Francia e Italia, lanza la advertencia. No podemos pretender otra cosa. Estremece escuchar a los niños y a los adolescentes. Están conformando su temperamento, su carácter, lo propio de la edad, a partir de vivencias extremadamente duras, que dejan huella en el corazón, el alma y la cabeza. Y no podemos pretender construir un ejército de pacifistas ofreciéndoles lo que ahora les suministramos. Es así, no es demagogia. O nos lo tomamos muy en serio o lo lamentaremos severamente. Porque son víctimas, porque podemos evitarlo, porque es nuestra obligación, por humanidad y, en última instancia, porque nos interesa.

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