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Los nuevos sacristanes

Era impresión frecuente entre los intelectuales del siglo XVIII y XIX que la religión caminaba hacia su progresiva extinción. O, al menos, que iba a transformarse tan radicalmente que no la reconocería ni el Santo Padre que la creó. No pensaban así solo los numerosos ateos que, por aquel entonces, comenzaron a salir del armario sin tanto riesgo de acabar luego encerrados en una tumba. Incluso un filósofo profundamente religioso como Immanuel Kant estaba convencido de que lo esencial del cristianismo, sus mandatos morales, sería lo único que permanecería en una sociedad futura y racional; mientras que los ritos, santos, ceremonias, festividades, historietas bíblicas y arte piadoso sobreviviría solo como muleta sentimental en que apoyarse cuando nos flaquearan las fuerzas del deber.

A inicios del año 2018 cuesta trabajo leer todas esas previsiones sin colegir que fracasaron. Solo un insensato trataría de comprender nuestro mundo sin dar protagonismo a las tensiones que crean la inmigración islámica, los ayatolas iraníes, el esfuerzo de Rusia por recuperar frente a Occidente su mentalidad ortodoxa, el giro islamista de Turquía, el hinduismo político en la India de Modi o la enorme influencia que cosechan ciertas prédicas religiosas en ambas Américas. La violencia de tipo religioso también reclama una y otra vez nuestra atención: según el último informe publicado por el Pew Research Center, en 53 países del mundo las hostilidades relacionadas con la religión alcanzaron un nivel alto; a lo que debemos sumar el hecho de que, desde hace años, los grupos terroristas más letales son religiosos.

¿Es Europa una isla de secularismo en medio de tantas agitaciones entre fes? Aunque ese terrorismo también nos golpea y los inmigrantes que recibimos a menudo traen consigo sus fuertes creencias, parecería que entre nosotros sí que se ha cumplido en cierta medida el ideal dieciochesco y decimonónico de aminorar el poder de la religión. Y ello a pesar del dato, a menudo olvidado, de que tres de cada cuatro ciudadanos de la Unión Europea confiesan una u otra creencia religiosa (dos de cada tres, la cristiana).

Un análisis algo más minucioso nos desvelaría, sin embargo, que desde hace tiempo la influencia que parecen abandonar las religiones oficiales la van asumiendo otras mentalidades que también poseen un persistente sabor religioso. No pienso ahora en los indudables parecidos que adquirieron los totalitarismos del siglo XX con las religiones: esas multitudinarias procesiones nazis, ese santo sepulcro de la momia de Lenin, esos dogmas defendidos con fervor irracional por unos y otros, esa fe de los diferentes caudillismos en algún mesías que salve a su nación. Pienso ahora en fenómenos mucho más cercanos que, imperceptiblemente, se nos están volviendo casi cotidianos; pero que, si concentramos en ellos nuestra atención, no pueden ocultar su regüeldo a sacristía. Aunque no sean ya sacristías góticas, renacentistas o barrocas (¡por desgracia!), sino meras sacristías de metacrilato con nuevos sacristanes (algo torpes).

Por referirnos solo a dos sucesos bien recientes: pensemos en el mensaje de fin de año del actual presidente autonómico extremeño, Guillermo Fernández Vara, en que aseveraba que “Las mujeres no mueren… A las mujeres las matamos los hombres por haber nacido mujeres”. Es una frase que no tiene ningún sentido racional: es evidente que las mujeres sí que mueren (dado que son mortales, como cualquier otro ser vivo). Y es igualmente patente que los hombres no matamos mujeres ni corremos los cien metros lisos en menos de 10 segundos: esto último lo hacen solo unos pocos atletas afortunados, no los hombres en general; mientras que los delitos por violencia machista los cometen solo unos cuantos criminales (que representan, exactamente, el 0,017 % de los varones españoles, no todos en general).

Ahora bien, el lector pensará, con razón, que estoy interpretando al pie de la letra una frase del lehendakari extremeño cuando este no pretendía tal cosa. Que Fernández Vara ya sabe de sobra que no son los hombres en general, sino algunos hombres malvados, los que asesinan. Y que por ello si yo, algún día, me encuentro con él y le inquiero sobre los detalles de cómo apioló él, varón, a la mujer que haya liquidado, me mirará con esa cara rara con que a menudo nos encontramos los filósofos al hacer preguntas. Todo esto lo sé bien: aunque creo que no resistiré la tentación, si de veras me topó algún día con Fernández Vara, de hacerle algunos razonamientos incómodos (si los A hacen B y tú eres A, tú haces B: silogismo en Darii, uno de los más perfectos según Aristóteles, salvo que alguna ley autonómica en Extremadura haya prohibido la lógica aristotélica).

La cuestión interesante, con todo, es qué sentido tiene lo que dijo Fernández Vara, una vez convenido que no es su sentido recto. Y es aquí donde tenemos que empezar a darle un sentido figurado, ritual, ceremonioso. Fernández Vara no mata mujeres (que sepamos), aunque haya usado la primera persona del verbo “matar”; pero sí desea asumir de algún modo una culpa colectiva, como varón, por el hecho de que otros varones maten. En la antigua Judea tenían el rito anual de imponer las manos sobre un macho cabrío y traspasarle así, religiosamente, los pecados de todo el pueblo judío; luego el chivo se abandonaba en el desierto y quedaban así expiadas las faltas del conjunto de Israel. Era la fiesta del Yom Kipur, con su famoso “chivo expiatorio”.

Fernández Vara, como nuevo sacerdote del pueblo extremeño, asume sobre sí, también una vez al año, los errores que hayan cometido todos los hombres en sus relaciones sobre las mujeres; y también él, como chivo expiatorio, pretende que así queden en cierto modo expiadas. Aunque no haya ningún estudio científico serio que vincule ceremonias como estas con el descenso de la violencia machista. Solo en términos religiosos cabe entender, pues, lo que hizo Fernández Vara, aunque sea una religión todavía burda, in nuce, que manotea intentando acabar de nacer. Fernández Vara no escribe tan bien como San Pablo ni posee la inteligencia de un San Agustín.

El segundo ejemplo que prometí al lector también tiene pocos días: se trata de la propuesta del partido político Ciudadanos de que se regule en España la publicidad sexista. En sí misma es una propuesta perfectamente inane: esa publicidad ya está estrictamente regulada por la Ley Orgánica de Medidas de Protección Integral contra la Violencia de Género desde el año 2004; de modo que, salvo que Ciudadanos quiera incorporar azotes públicos en las plazas de España a los infractores, poco nuevo cabe regular ahí. Ahora bien, el lector quizá me reproche el tomarme de nuevo las palabras de los políticos demasiado al pie de la letra. “Miguel Ángel, hombre, recapacita, los tiros de Ciudadanos en realidad no van por ahí”. Que simplemente utilizan una proposición semejante para recordarnos que ellos son buenas personas y que están contra el sexismo y que trabajan arduamente desde sus escaños y que les votemos. Bien está.

Con todo y con eso, esa proposición de Ciudadanos incluye un apartado que me ha llamado especialmente la atención: quieren que el Gobierno dé lecciones a tuiteros, youtubers, instagramers, etcétera para que expandan las ideas correctas sobre lo malo que es el sexismo y lo bueno que es oponerse a él. Naturalmente, yo también estoy a favor del bien y en contra del mal; pero no estoy tan seguro de que coger a adultos y ponerse a aleccionarles sobre el bien y el mal se distinga mucho de lo que hacen los catequistas de las diferentes religiones. Los filósofos siempre hemos preferido, en vez de adoctrinar sobre tales materias, hacer preguntas incómodas al respecto. Las catequesis se las dejamos a los catequistas y la doctrina a los doctrinos.

De hecho, me duele que precisamente Ciudadanos, que tan beligerante se ha mostrado contra el adoctrinamiento en las escuelas catalanas, incurra ahora en parejo vicio. Aunque, naturalmente, ya oigo las protestas: “Hey, Miguel Ángel, no se trata de adoctrinar, hombre, sino de ‘concienciar’; ¡adoctrinar es lo que hacen los malos!”. Y ahí he de dar la razón a quien me proteste: en efecto, cuando lo hacen otros, lo llamamos “adoctrinar”; pero, cuando lo hacen los míos, los chicos decentes prefieren llamarlo “concienciar”.

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