Gabriel González-Andrio

Los nuevos santos inocentes

Me temo que, lamentablemente, aún no lo hemo visto todo. Pero el corazón del hombre, cuando está podrido o narcotizado, es capaz de las mayores fechorías y atrocidades.

Opinión

Los nuevos santos inocentes

Me temo que, lamentablemente, aún no lo hemo visto todo. Pero el corazón del hombre, cuando está podrido o narcotizado, es capaz de las mayores fechorías y atrocidades.

Todos los crímenes claman al cielo, pero cuando las vidas segadas son de niños el clamor debe ser impresionante.  La noticia del asesinato a balazos y a quemarropa de 132 inocentes estudiantes en un ataque talibán contra una escuela de Peshawar es simple y llanamente aterrador. En total hubo 141 fallecidos y 131 heridos. 

La venganza, el asesinato vil de inocentes no sólo no arreglará nada sino que agravará una situación cada día más complicada. Matar a indefensos niños en sus aulas es un acto infame. Nunca acabaremos de experimentar hasta dónde puede llegar la maldad humana. 

Es descorazonador y espeluznante ver las aulas con sangre por todas partes, sangre de niños y niñas que no merecían este final en la tierra. Cada una de estas criaturas tenían sueños, ilusiones, para hacer de este mundo un lugar mejor, donde reinase la paz. 

Y toda esta locura se ha desatado justo a la puertas de la Navidad. Ver las imágenes desgarradoras de esas madres que no encuentran consuelo, como la famosa Raquel del evangelio cuando el rey Herodes ordenó decapitar a miles de niños. Los santos inocentes.

Ni en el peor de los sueños nadie podría pensar hasta dónde puede llegar la humana crueldad del hombre. No tengo la menor duda de que estamos ante una nueva generación de santos inocentes, los del siglo XXI. Niños y niñas cuyos nombres han pasado a formar parte de la lista de las barbaries de nuestra sociedad contemporánea.

Me temo que, lamentablemente, aún no lo hemo visto todo. Pero el corazón del hombre, cuando está podrido o narcotizado, es capaz de las mayores fechorías y atrocidades.

Es precisamente dentro de la familia (incluidas esas que hoy lloran a sus hijos) y con la educación en valores auténticos donde podremos empezar a poner las bases para que este mundo no siga autodestruyéndose.

Soñemos con la paz.

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