Victoria Carvajal

Los olvidados

«Los grandes olvidados, los jóvenes, acorralados por dos grandes recesiones en diez años, ven cómo sus perspectivas de progreso y bienestar se desmoronan sin remedio»

Opinión

Los olvidados
Victoria Carvajal

Victoria Carvajal

Economista empeñada en hacer comprensible y hasta entretenida la información económica. Madre feliz y actriz en sus ratos libres.

Corremos el riesgo de ahogarnos en la deuda post pandémica. Europa ha desbloqueado el fondo de recuperación a cambio de hacer concesiones, al menos temporalmente, a quienes se saltan del Estado de Derecho, desmoronando la esperanza de quienes veían en la UE el último muro de contención a las derivas autoritarias de sus gobiernos. El esperado maná europeo tardará en llegar porque aún lo deben aprobar los Parlamentos de los estados miembros. La ansiada inmunidad de rebaño que promete la vacuna contra el Covid-19 puede tardar en alcanzarse casi un año. Pocos descartan un tercer rebrote de la pandemia tras la Navidad que alejaría una vez más la salida de la crisis. Mientras, la desigualdad se dispara y el descontento social se extiende. Y los grandes olvidados, los jóvenes, acorralados por dos grandes recesiones en diez años, ven cómo sus perspectivas de progreso y bienestar se desmoronan sin remedio. 

Basta echar un simple vistazo a las protestas en las calles de España esta semana contra la muy deficiente distribución de la Renta Mínima Vital, los desahucios, la revisión de las condiciones en el cobro de las pensiones, la pobreza energética que afecta a las familias más vulnerables… Por no hablar de la crítica situación de las pymes, muchas de ellas al borde de la quiebra, del vertiginoso aumento del paro juvenil, de los autónomos abandonados a su suerte o de un sector turístico que se siente desamparado ante la perspectiva de una tercera ola de contagios que el ministro Illa y su escudero Simón anuncian y asumen con pasmosa naturalidad. El Gobierno vuelve a delegar su deficiente gestión en quienes están en primera línea; médicos y sanitarios, cuyo malestar crece justificadamente cada día.

A 17 de diciembre España registra 1.782.566 casos, 328 nuevos fallecidos y sigue liderando junto a Perú y Bélgica la tasa más alta de mortalidad en el mundo: 1.039 fallecidos por millón de habitantes. Por encima de Estados Unidos y otros países que ocupan hoy las noticias por su pésima gestión de la pandemia y muy por delante de Alemania, severamente acosada por esta segunda ola y cuya primer ministro, Angela Merkel, con una autoridad moral envidiable, ha adoptado drásticas medidas de restricción en las celebraciones familiares de estas Fiestas. Nada que ver con la confusión generada en España entre lo que dicta el Gobierno y lo que deciden las CCAA para estas fechas. Basta echar un vistazo al mapa –¡por fin han elaborado uno!- de las medidas de cada Comunidad que publica Sanidad. Un verdadero galimatías. 

De intensificarse los contagios ante la ausencia de severas medidas de prevención, será inevitable que siga restringida la actividad económica en España, el país más golpeado por la pandemia de toda la UE. Así que si este invierno se presenta socialmente caliente, la primavera puede echar chispas. Y ¿qué propone el Gobierno de apellido progresista en su afán de no dejar atrás a nadie? De los 140.000 millones de euros que ha de recibir España del fondo de recuperación pactado por los 27, los Presupuestos Generales de 2021 incluyen 27.000 millones de euros a cuenta de esta partida. Sólo en ERTE el Estado se ha gastado desde mayo 20.000 millones. Nada indica que la ayuda europea vaya a ser la panacea en 2021

Este año y pese a las medidas de dopaje varias, las previsiones más pesimistas del Banco de España apuntan a una caída del 11.3% en el PIB, un aumento del déficit fiscal hasta el 14% del PIB frente al 2,8% de 2019 y una deuda pública cercana al 120% del PIB, nada más y nada menos que un salto de 25 puntos en un solo año. El desempleo se aproximará al 20%, tasa que en el caso de los jóvenes superará el 45%. El panorama es desolador, sobre todo para las nuevas generaciones que llegarán a la treintena en una situación mucho más desfavorable, como recoge este interesante estudio del EsadeEcPol.

Jóvenes nacidos entre 1985 y 1995 que han sufrido dos terribles crisis económicas. Con la mitad de ellos fuera del sistema, incapaces de encontrar trabajo, tendrán además que hacer frente al pago de la deuda soberana que hoy se emite para financiar el imparable crecimiento del déficit. 

A la elaboración de unos presupuestos generales basados en un cuadro macroeconómico obsoleto que deja en el aire las previsiones de gastos e ingresos, se suman propuestas como la del nuevo aumento del salario mínimo en un entorno de inflación negativa. ¿En un momento en que las empresas tratan desesperadamente de reducir costes para evitar el cierre? O qué tal la subida del 1% de los pensionistas y funcionarios, cuyas rentas están garantizadas, pero castigar a los autónomos con nuevas subidas en sus cuotas e ignorar el padecimiento de las pymes. Engrosan también la lista de los olvidados por este Gobierno. ¿Hay otras opciones? Sí: Alemania aprobó gastar 10.000 millones de euros para asegurar el 75% de la facturación de 2019 a las pymes (hasta 50 trabajadores) y a los autónomos. 

Pero hay varios factores que distorsionan la toma de decisiones de gasto e impiden que salten las alarmas en caso de políticas populistas. La prima de riesgo ya no existe. Ha sido suprimida por la política de compras del BCE de la deuda y activos dudosos de los bancos para asegurar que el crédito siga fluyendo. Esta semana su presidenta Christine Lagarde anunciaba un aumento en 500.0000 millones de euros en este programa, hasta los 1,85 billones (15% del PIB de la eurozona) hasta marzo de 2022. De ahí que España venda sus bonos a 10 años a tipos negativos no matter what. 

Pero el virus no da tregua. Y la realidad es tozuda. Como demuestra el vertiginoso aumento del endeudamiento mundial: 272 billones de dólares al final del tercer trimestre de 2020. O lo que es lo mismo, el 363% del PIB mundial, 42 puntos más que en 2019, un aumento repartido a partes iguales entre los Estados soberanos y la deuda de empresas y familias. Una carga insostenible a menos que la recuperación económica llegue pronto y que condena a generaciones futuras a pagar la insolidaria factura. No es de extrañar su desencanto y la pérdida de confianza en el sistema democrático. Una evolución inquietante.

Si las siguientes generaciones se desentienden de la defensa de las democracias liberales, estamos perdidos. Es terreno abonado a cualquier deriva autoritaria. Por ello cobra más importancia que nunca estar a la altura de la oportunidad que nos brinda la UE. En lugar de seguir socavando el futuro de las siguientes generaciones hay que aprovechar los fondos de recuperación para transformar y modernizar nuestras economías: más I+D, más inversión en educación, más economía verde y una apuesta clara por la digitalización de la economía. Más oportunidades, en definitiva. Servirá para poner en valor la integración europea, la solidaridad territorial y la pertenencia al proyecto común. Erasmus no puede quedarse en un esfuerzo inútil.

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