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Los olvidados

Foto: Stephane Mahe | Reuters

El vasco Juan Larrea sintió que en América renacía el Espíritu europeo que había muerto en los campos de batalla de España. “Hemos entrado en el Reino del Espíritu”, le comentó a Gil Albert. “Asia fue el reinado del Padre; Europa ha sido el continente del Hijo; América, el Nuevo Mundo, está destinado a ser el del Espíritu, y por eso, fíjese en su hechura. América tiene forma de dos alas extendidas que se unen en el punto corporal, inverosímil, que es el canal de Panamá”. Desarrolló estas ideas en la Rendición del espíritu, que vio la luz en 1943, exactamente al mismo tiempo que se inauguraba en el café La Blanca de la ciudad de México el espectáculo de la crucifixión del faquir suizo Harry Wieckede. Los diarios aseguraba que dominaba hasta tal punto su cuerpo que podía permanecer crucificado 80 días ininterrumpidos.

Un empresario avispado aportó los 1.500 dólares necesarios para abrir las puertas y cumplir con la condición que habían puesto las autoridades: que hubiera permanentemente un médico en la sala.

El 26 de agosto, a las 14:45, tres clavos de oro traspasaron los dos pies y la mano izquierda del faquir. El médico explicó que con este metal se evitaban riesgos de infección y que el faquir necesitaba la mano derecha para atender a su propia higiene.

La entrada costaba un peso y en las 488 horas y 45 minutos que duró el espectáculo, se recaudaron más de 14.000 dólares. No se prolongó porque, a pesar de las protestas del protagonista, el médico ordenó desclavarlo. Mostraba una gran debilidad y síntomas de insuficiencia respiratoria.

Cuando lo visitó el ministro Maximino Ávila Camacho, hermano del Presidente de la República, Wieckede le solicitó la nacionalidad mexicana. Habló animadamente con actores (Cantinflas entre ellos), cantantes y toreros que venían a visitarlo. Desconozco sus reacciones ante las proposiciones que con grandes ojos excitados le hizo alguna mujer, o ante la joven que lo visitaba dos veces al día, o ante las indias ancianas que rezaban a su lado.

Tras desclavarlo, lo llevaron a un hospital, donde le diagnosticaron un principio de congestión pulmonar. Nada grave. Él se mostró dispuesto a repetir la semana siguiente.

Llegó en coche al Hotel Gillow, descendió por su propio pie y subió en ascensor hasta el tercer piso. Frente a su habitación, la 310, se desplomó. “¡Me muero, salvadme, salvadme!”, gritaba. Fue enterrado al día siguiente. En el certificado de defunción constaba que había fallecido por causas naturales, pero un juez ordenó que se le hiciera una autopsia, que descubrió un trombo en la vena cava, causado por su prolongada inmovilidad.

Mientras tanto, el dinero recaudado desapareció.

Llevo conmigo esta historia desde que me aseguraron en México que el faquir Harry Wieckede, de Suiza, ni era faquir, ni se llamaba Harry Wieckede, ni era de Suiza. Era un exiliado andaluz que no había encontrado otra manera de no morirse de hambre en el destierro. No he conseguido saber su nombre. Parece que más de un compatriota lo reconoció y que algo sospechó León Felipe cuando fue a verlo, pero se cuidaron mucho de revelar su identidad para no dejarlo sin su pan de cada día. No sé si al morir, tras su último grito, oyó el aleteo del Espíritu. Sé que no oímos el aleteo del olvido de los que nunca fueron nadie en ni aquí ni en el exilio.

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