Joaquín Jesús Sánchez

Los pobres votarán a la ultraderecha

El hombre es un capitalista con puro y chistera para el hombre.

Opinión

Los pobres votarán a la ultraderecha
Foto: Morell
Joaquín Jesús Sánchez

Joaquín Jesús Sánchez

Joaquín Jesús Sánchez (Sevilla, 1990) estudió Filosofía y escribe crítica de arte, crónicas malhumoradas y artículos de variedades. Puede seguir sus trepidantes aventuras en www.unmaletinmarron.com

La otra noche estaba viendo una procesión cuando pasó un repartidor de pizzas. El chico se restregaba contra los nazarenos calle arriba. El grupito que tenía al lado –dos parejas de treintañeros con varios críos cada una– comentó que «pobrecito el chaval». «El trabajo es el trabajo», sentenció uno al momento. «Cuando yo me levanto a las 4 para ir a los pavos nadie me dice pobrecito» se quejó el otro. Una de las chicas dijo que qué buena idea pedir comida justo para ver pasar la cofradía. «Si yo tuviese un balcón aquí» –estábamos en la zona buena del pueblo– «vaya si lo haría».

Estuve un rato rumiando la conversación mientras veía pasar a los armáos y a la banda, porque me asombró el razonamiento: en vez de pensar que menudo hijodeputa el que hacía pasar al chaval de las pizzas por ese trago a sabiendas (estábamos en un pueblo andaluz; uno se aprende el recorrido de las hermandades antes que las tablas de multiplicar), en vez de reconocer en eso una opresión parecida a la de trabajar en un matadero de madrugada por el salario mínimo, el personal se reprochaba a sí mismo ese pequeño momento de compasión. «Pobrecito el chaval». La solidaridad de la clase obrera, ya se sabe. Un amigo me dijo una vez que dentro de cada español hay un hidalgo, un cristiano viejo. Lo mismo no tienes dónde caerte muerto, pero pobre no eres. ¡Los menesterosos son los otros!

Se ha escrito mucho (ahora que hay más politólogos que personas) sobre los inmigrantes latinoamericanos que votaron a Trump. Esta idea según la cual si yo las paso putas, tú también, ha calado mucho. El hombre es un capitalista con puro y chistera para el hombre. No reconocer la opresión es malo, pero replicarla como si uno fuese un rockefeler cualquiera es terrible. Me dieron ganas de decirle al colega: «hermoso, que en dos horas vas a estar eviscerando pollos, ¿qué cojones estás diciendo?». También tuve ganas de preguntarle qué opina del impuesto de sucesiones o si le parece confiscatorio que a gente que gana en un año más que él en veinte le suban el IRPF.

Esta es la gente que vota a partidos de «extrema necesidad» que tienen propuestas cargadas de «sentido común». Los inmigrantes que vienen por nosotros, y que todo me parece muy bien, pero que no lo llamen matrimonio. Gente que cree que se está haciendo a sí misma, que está deseando, algún día, ser ese jefe explotador al que ahora maldicen.

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