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Los refugiados llaman a Europa

La fotografía representa el grito angustiado de millones de refugiados que llaman a las puertas de Europa. No deja de ser curioso que el nombre de Europa fuera el de una princesa fenicia raptada por Zeus. Durante milenios la cultura europea se formó con las raíces de las asiáticas. La fotografía testimonia la desesperación de una familia musulmana, el padre la madre y el bebé. Se han echado sobre las vías del tren y se resisten a abandonar su protesta, seguramente hasta que los policías les aseguren que pueden entrar en Europa.

Cerrarán la vía del Mar Egeo, pero seguirán por otras rutas, desde luego por Ceuta y Melilla. Hablamos de cientos de miles de personas. Huyen de los cuatro jinetes del Apocalipsis, sean la guerra, el hambre, la peste o el exterminio. Da igual que se consideren refugiados o inmigrantes. Es inútil discutir si tienen o no derecho a venir. Vendrán, y no por cientos de miles sino por millones. Será inútil poner puertas al mar. Los jerarcas europeos se sientan a discutir si son galgos o podencos.

La invencible atracción que tiene Europa es el resultado paradójico de sus éxitos: la libertad de movimientos y el Estado de bienestar. Los dos principios se tambalean. Europa no va a poder contener la avalancha, no puede proporcionar beneficios para todos. De nada sirven las pancartas de “welcome refugees”. Eso es solo propaganda. Cada contingente de refugiados que se admite es una llamada automática a sus parientes y paisanos para que emprendan el éxodo. Resulta vergonzoso el acuerdo con Turquía para que los retenga en campos de concentración a cambio de un gigantesco estipendio. Aunque concluyera la guerra de Siria, el problema no ha hecho más que empezar. El rapto de Europa exige el rescate tres mil años después.

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