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Los signos de un amor más sublime

Como el sexo o los huevos con chorizo, las puestas de sol también son algo que parece gustar a todo el mundo. No todo el mundo, desde luego, dedica al fenómeno las muy sentidas palabras que le dedica Thoreau, quien creyó vislumbrar el jardín de las Hespérides en “el sol reflejado en una nube llorosa”. Pero, delicuescencias aparte, el éxtasis en apariencia convencional ante la tramoya celeste no parecería avalar una sensibilidad particularmente exquisita: por poner un ejemplo, a nadie le extrañaría que alguien alabara de modo formulario la belleza de un ocaso para, acto seguido, enchufarse a Gandía Shore.

Quizá por eso el esnobismo hace ya largo tiempo que ha reaccionado lo mismo contra el galicinio que contra el atardecer. Wilde –quién si no- tiene famosas palabras al respecto. Y Waugh da cuenta de la náusea que le provocó la gloria de la caída del sol sobre el monte Etna.

Hubo otra gente, en cambio, que sí tuvo los mayores motivos para contemplar el cielo sin un miligramo de ironía. Me refiero a los soldados de la Gran Guerra, a quienes, sepultados en las trincheras, “sólo el cielo podía decirles que no estaba ya en una fosa común”. Para tantos de esos muchachos, la belleza de un alba o de un ocaso fue la última misericordia, la última dulzura que iban a llevarse de este mundo. Quién sabe si, como dijo Baruzi, ellos no supieron ver en la estrella de la tarde una de esas intuiciones estéticas que “nos ayudan a identificar los signos de un amor más sublime”. Quién sabe. En todo caso, sí hay algo que tienen que enseñarnos: esa capacidad, que ya hemos olvidado, para enfrentarse a la belleza con ojos ausentes de sospecha.

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