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Los trece votos

La vergüenza que uno siente al ver cómo se falsea de esta forma el pasado es, me temo, directamente proporcional al rédito electoral que estas prácticas suponen. Cuanta más vergüenza, más voto.

Foto: Chema Moya | EFE

Hace unos días, Javier Ortega Smith se destapó con unas declaraciones que noquearían a cualquiera que le haya dedicado un par de horas de su vida a estudiar historia. Según el secretario general de VOX, las Trece Rosas, aquellas trece muchachas fusiladas pocas semanas después del fin de la guerra, fueron ajusticiadas nada más y nada menos que por violadoras, torturadoras y asesinas. La realidad es que, en un periodo histórico donde la vida quedaba en manos de un arbitrio, cuando menos, atroz, estas jóvenes fueron fusiladas, en una sentencia infame, por tener una ligera relación con cierto grupo comunista. Nada que justifique semejante final, vaya. Me dicen que Ortega Smith es inteligente, así que doy por hecho que semejante falacia histórica no la vomita desde el desconocimiento, sino desde la triste y torticera pretensión de azuzar a cierta capa de la sociedad que sólo quiere escuchar aquello que colma sus ansias ideológicas, y que caiga con ello la historia si es necesario. La vergüenza que uno siente al ver cómo se falsea de esta forma el pasado es, me temo, directamente proporcional al rédito electoral que estas prácticas suponen. Cuanta más vergüenza, más voto.

Pero Ortega Smith no es el único que embarra las aguas límpidas de la historia con su falacia electoralista. Ha sido tradición hacerlo si con ello se consiguen un puñado de votos por aquí o por allá, importa poco la dirección de la causa perseguida. Durante décadas, por ejemplo, el regionalismo catalán se ha preocupado de homenajear al héroe Casanova, que según la tesis nacionalista recurrió al suicidio por no entregarle Barcelona al Borbón a principios del XVIII. Sin embargo, la realidad es que Rafael huyó dogma en ristre para morir tranquilo retirado de la historia bullanguera, y de las facturas de aquella guerra de sucesión. En el nacionalismo vasco, otro ejemplo, se ha tenido durante décadas a Sabino Arana como faro de la causa, alguien que aseguraba que el pueblo vasco era el único descendiente de Tubal, nieto de Noé. Y qué decir, ahora que bordeamos el 12 de octubre, del mito del imperio hispánico, tan idealizado por unos como estigmatizado por otros, coincidentes ambas facciones en una tendencia: alejarse de la realidad tanto como su potencial votante exija.

La historia, decía Gustavo Bueno, son ruinas, monumentos, vestigios, documentos... es decir, lo que él llamaba reliquias (relinquere: permanecer). Al enfrentarse a la historia desde este punto de vista doctrinal, lo mínimo que puede hacer uno es ceñirse en primera instancia al rigor historicista. Por ejemplo, nadie puede oponerse a las capitulaciones de Cervera, documento donde Fernando e Isabel establecen, en 1469, las condiciones de su catoliquísimo matrimonio. Todo lo demás son interpretaciones. Pongo este ejemplo, reductio ad absurdum, para intentar combatir ese politiqueo que pisotea dicho rigor por trece tristes votos. Nos queda, como casi siempre, la labor educativa, ajena o propia, para enfrentar esta plaga. Formarse, conocer, dudar, contrastar. Conozcan la reliquia, individualicen la interpretación. Y que la panfletería histórica no llegue a las urnas, eso por supuesto.

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