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Los viejos

Ayer leía que se estaba estudiando una razonabilísima medida: si no das la nota en el baremo de supervivencia, morfina y a estirar la pata

Foto: EMILIO MORENATTI | AP

El domingo pasado leí a Elvira Lindo en El País. «Durante días la población se sentía liberada o bendecida por el mero hecho de no haber viajado a Italia, no tener problemas cardiovasculares o no ser viejo». Qué alivio cuando algo le pasa a los otros. Nada nuevo: sabemos cuánto reconforta que ese sangriento atentado haya ocurrido en algún país africano que uno no sabe poner en el mapa. El coronavirus de marras empezó así, con chinos (esos que son todos iguales, etcétera) que comían sopas repugnantes. ¿Quién se inmuta por los muertos de la peste negra o por los que palmaron en alguna campaña militar de hace un par de siglos? Dame distancia y dime tonto.

Nuestros otros (los de los jóvenes lozanos, con un sistema inmune hipervitaminado) son los viejos y los enfermos, preferiblemente esos que no son ni nuestros padres ni nuestros abuelos. Viejos sin cara, que se adocenan en residencias que jamás hemos visitado. Ahora, amable lector, reprímase las ganas de decir: yo no tengo nada en contra de los viejos, de hecho, tengo muchos amigos viejos. Verán: cuando la enfermedad «solo era una gripe» estábamos preocupados por el Mobile World Congress y la histeria bursátil. «¡Cada año caen tropecientasmil personas moqueando!». Lo natural para un viejo es morirse, da igual de qué. Luego nos llamaron a la prudencia, porque solo tendríamos «algunos contagios aislados» y no había demasiado riesgo si no tenías una cadera ortopédica. Ahora estamos todos encerrados, cagados de miedo, pero con la secreta esperanza de que la plaga nos pase rozando, porque estamos en forma. Hay algunas noticias preocupantes, como el fallecimiento de jovenzuelos «sin patologías previas». ¡Cuidado, que viene a por nosotros!

Ayer leía que se estaba estudiando una razonabilísima medida: aplicar el triaje de guerra. Si no das la nota en el baremo de supervivencia, morfina y a estirar la pata. En el periódico ponía en negrita que el criterio de edad no era «el único»: si tienes 30 años, diez cánceres y media cabeza abierta puede que tampoco merezca la pena salvarte. Pero los viejos, otra vez, salen con ventaja en la carrera de víctimas comprensibles, de muertes tranquilizadoras.

Imagino lo desagradable que tiene que ser esto para los médicos, que están haciendo lo mejor que saben con los recursos que tienen. Será una atrocidad, pero puede que no quede otro remedio. Pero noto, en el tono con el que se cuentan estas cosas, una nueva sensación de alivio. Procuro no olvidar que la verdadera cara de cada cual sale a relucir cuando trata a los que considera más frágiles. Doblar cada día las campanas sobre las cabezas de nuestros abuelos es una decisión moral (hola, colegas de la prensa). Sería repugnante descubrir que, después de todo, les estamos metiendo en el cuerpo el miedo que queremos sacar del nuestro.

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