María Jesús Espinosa de los Monteros

Los yes-men de Casado

«Muchos de los periodistas que hoy frecuentan congresos, sedes y senados saben que mantener conversaciones cabales con ciertos políticos se ha convertido en algo tan difícil como perseguir a una ballena blanca»

Opinión

Los yes-men de Casado
Foto: Mariscal| EFE
María Jesús Espinosa de los Monteros

María Jesús Espinosa de los Monteros

Apasionada de la radio, los podcasts, la literatura y el cine. Una vez hice una tesis doctoral sobre R. W. Fassbinder. También tengo dos Premios Ondas.

Si Oriana Fallaci hubiera pillado a Teodoro García Egea en una de esas respuestas que el secretario general del Partido Popular acostumbra a dar en las ruedas de prensa, probablemente, el señor Egea habría resultado herido. Intelectual y emocionalmente, por supuesto.

El bochorno se instaló ayer en la sede del PP cuando la periodista Natalia Junquera preguntó al señor Egea a propósito de un informe de la Guardia Civil que apunta a David Erguido Cano, diputado de la Asamblea de Madrid, senador y Presidente del Comité Electoral del PP regional. Según este informe, Erguido desvió 79.000 euros públicos para pagar mítines y la actuación de un grupo de mariachis. A la pregunta de la periodista de si le habían pedido explicaciones desde el partido, Egea respondió: “Con un vicepresidente que está en este momento, según las últimas informaciones en la portada del diario El Mundo, siendo investigado por la policía por unos pagos de un régimen extranjero que a todos nos inquieta (…) que haya recibido dinero de Irán, supuestamente, lo cierto es que nos preocupa mucho la actitud de Pablo Iglesias (…)”. Tal vez, no haya mayor acto de desprecio ante el trabajo de un periodista que ningunear sus preguntas o suponer que los periodistas están allí ávidos de escuchar las últimas ocurrencias y no deseando llegar a su casa para estar con su familia. Estamos tan acostumbrados a que esto suceda que nadie se hubiera percatado si la periodista no lo sube a su cuenta de Twitter.

El insulto es reiterado y recuerda a uno de los pasajes más icónicos de la Fallaci en su libro Un hombre, publicado en el año 1979: “Un partido funciona como una empresa, como una industria donde el director general (el líder) y el consejo de administración (el comité central) detentan un poder inalcanzable e indivisible. Para detentarlo precisan sólo de managers obedientes, empleados serviles, yes-men, o sea los hombres que no son hombres, los autómatas que dicen siempre que sí”. Egea, el yes-men de Casado.

Deborah Tannen, autora del  libro Hablando se entiende la gente y profesora de lingüística de la Universidad de Georgetown, explicaba que una conversación bien llevada es “una visión de cordura, una ratificación de nuestro propio modo de ser humano y de nuestro propio lugar en el mundo”. ¿Qué sucede cuando pervertimos esa actividad tan genuinamente humana, cuando despreciamos las palabras del otro como si jamás hubieran existido? ¿Se diferencia en algo de la conversación que podamos mantener con nuestra mascota? “No hay nada más profundamente inquietante que una conversación que fracasa”, concluía Tannen.

Muchos de los periodistas que hoy frecuentan congresos, sedes y senados saben que mantener conversaciones cabales con ciertos políticos se ha convertido en algo tan difícil como perseguir a una ballena blanca. Sin embargo, la apatía en la que se ha instalado gran parte de la profesión periodística y, sobre todo, las trincheras ideológicas en las que también se han arrinconado -siendo parte de esos autómatas que apuntaba Fallaci- les impide actuar con la decencia que algunos ciudadanos esperarían. Algo tan sencillo como levantarse e irse.

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