Aurora Nacarino-Brabo

Machotas

Desde muy pequeña, mi hermana mostró una gran talento creativo para el lenguaje. Acuñó el término “asmia”, para referirse a esa sensación de agobio que las personas experimentamos, por ejemplo, cuando alguien se sienta encima de nuestras piernas, o cuando jugábamos a abalanzarnos sobre nuestros amigos, en el patio del colegio, sepultándolos bajo una montaña de niños. A esa impresión claustrofóbica que tiene que ver con el atrapamiento, Marina la llamó asmia. Hoy es una palabra de uso corriente en mi familia.

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Machotas
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Aurora Nacarino-Brabo

Aurora Nacarino-Brabo

Politóloga y periodista, aunque, en realidad, sólo sé de fútbol

Desde muy pequeña, mi hermana mostró una gran talento creativo para el lenguaje. Acuñó el término “asmia”, para referirse a esa sensación de agobio que las personas experimentamos, por ejemplo, cuando alguien se sienta encima de nuestras piernas, o cuando jugábamos a abalanzarnos sobre nuestros amigos, en el patio del colegio, sepultándolos bajo una montaña de niños. A esa impresión claustrofóbica que tiene que ver con el atrapamiento, Marina la llamó asmia. Hoy es una palabra de uso corriente en mi familia.

También encontró nuevas y evocadoras acepciones para conceptos conocidos. Por ejemplo, bautizó como “pelusas” a quienes no tienen personalidad y se limitan a dejarse llevar por la corriente. Como pelusas. Y asignó la categoría de “medusas” a aquellos que, en la piscina, nadaban despacio y mal, entorpeciendo a los otros. Todos en casa hemos sido nadadores y padecido a los medusas.

También fue más allá de los confines machistas del lenguaje con la candidez de una niña. Debió de suceder más o menos así: algún adulto se refirió a mis hermanos Mario o Álex como un “machote”, probablemente después de haber demostrado alguna hazaña: un logro deportivo, comerse todo el puré, terminar los deberes, vete a saber.

El caso es que Marina captó perfectamente que ser un machote era algo bueno, asociado a atributos como el valor, la superación o la fortaleza. Lo que no sabía es que el término se reservaba para los hombres. Así que comenzó a usarla indistintamente en masculino y en femenino, y todos sus hermanos lo hicimos con ella. Marina también era una machota. Mamá era una machota. Yo era una machota.

Hay quienes, con menor tino que mi hermana, quieren apostar hoy por la creatividad en el lenguaje. Por ejemplo, se han propuesto hablar de “miembras” o “jóvenas” y redoblar la feminidad de algunas palabras: si la “voz” ya es una voz femenina, siempre se le puede añadir una “a” para que quede más claro su linaje. Así habrá portavoces y “portavozas”. Tendría sentido combatir la grafía tradicional de estos términos si, como aquellos valores que definen al machote, estuvieran vedados a las mujeres.

No es el caso. Las mujeres podemos ser portavoces, miembros o jóvenes, incluso podemos ser esas tres cosas a la vez sin necesidad de herir ningún diccionario. Soy muy feminista, pero no voy a dejarme arrastrar, como pelusa, por el discurso del disparate. Hay un feminismo que no quiere liberar, sino asfixiar. De mi hermana pequeña aprendí una lección con la que he tratado de conducirme en la vida: frente a ese feminismo que provoca asmia, seremos libres, valientes, fuertes y osadas. Seremos machotas.

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