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Macron: el presidente accidental

Foto: JEAN-PAUL PELISSIER | Reuters

Emmanuel Macron es ya presidente de Francia: el nuevo monarca republicano de un país que empezó a sentir nostalgia por su realeza justo después de decapitarla. De ahí Versalles, la grandeur, y el sistema presidencialista. Es verdad que, formalmente, nos encontramos más bien ante un semipresidencialismo, rasgo peculiar que explica la importancia de las elecciones legislativas que se celebrarán en junio. Pero también lo es que su centro de gravedad es la figura del presidente, que concentra el poder simbólico al situarse por encima de los partidos y dar instrucciones a un primer ministro que a menudo parece su correveideile. Por eso dijo el general Charles De Gaulle -quien sin embargo gozaba de la legitimidad adicional que proporciona, como sabía el fascismo, ganar una guerra- que las elecciones presidenciales son el encuentro de un hombre y un pueblo. Ese encuentro se ha vuelto a producir, pero es dudoso que pueda describirse así: Macron es un hombre, pero a partir de mañana tendrá que empezar a buscarse un pueblo. Y no está claro que lo encuentre.

¿O acaso puede una institución basada en el aura soberana compensar la atomización creciente de la sociedad contemporánea? La segunda vuelta introduce la ficción de la legitimidad agravada del vencedor, que obtiene en ella necesariamente más de la mitad de los votos. En el caso de Macron, ese porcentaje será muy superior gracias a la fuerza residual del resquebrajado frente republicano contra la ultraderecha. Pero incluso aquí hemos visto ya anticipos de la futura contestación: si Mélenchon ha elegido la posición impecable de quien no acepta mancharse las manos, el demógrafo Emmanuel Todd ha hecho gala de la imaginación conceptual francesa hablando de una “abstención fundacional” dotada de significado político. ¡Me abstengo, luego existo! Sumemos a ello la victoriosa derrota del Frente Nacional, un partido de ultraderecha que defiende valores irreconciliables con los defendidos por el nuevo presidente. Se hace así visible el barroquismo representativo del sistema francés: Macron será investido presidente con amplios poderes ejecutivos pese a que solo un tercio de los franceses lo apoya de manera decidida. Hay que preguntarse entonces si los presidentes de la Francia contemporánea no están condenados a empezar su mandato con un déficit estructural de legitimidad que los condena a la parálisis o la decepción.

Dicho esto, Macron es el mejor de los presidentes disponibles: para Francia y para Europa. No se entiende bien qué querrían quienes, abjurando del lepenismo, dicen votarle con la mano en la nariz. A diferencia de Julien Sorel, el personaje de Stendhal que hace el viaje de las provincias a la capital ejerciendo la doblez moral, o de un Rousseau que abjura de la hipocresía capitalina y exalta las virtudes del terruño, Macron aterriza en París a través del exigente canal de la meritocracia francesa. Fue asistente del filósofo Paul Ricoeur y ahora, convertido en candidato independiente, promete combinar la defensa del Estado del Bienestar con un giro liberal que devuelva su país a la senda del crecimiento, al tiempo que defiende la ciudadanía frente al etnicismo y a Europa contra sus enterradores. Pas mal.

No tardaremos en saber si este presidente accidental logrará o no  dar forma a una presidencia de destino, desbordando las circunstancias de su elección mediante una acción política eficaz y persuasiva. Si lo logra, será un bien mayor en la edad de la ira; si fracasa, habrá constituido un mal menor frente a las dudosas alternativas representadas por el populismo, el nacionalismo y el anticapitalismo. Todas ellas, simplificaciones ideológicas de una realidad compleja a la que el joven Macron habrá de enfrentarse desde hoy mismo. Deseémosle suerte: la necesitará.

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