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Madres del mundo

El siglo XX puso a las madres bajo sospecha: cualquier problema humano tenía su causa en una “madre frigorífico” que nos negó su afecto o en una madre hiperprotectora que nos abrumó con él. El siglo XXI ha traído otros problemas: a las madres se les exige más y se les reconoce menos. El canon estético desdeña las formas alusivas a la maternidad. La presión laboral quita tiempo y calidad de tiempo con los hijos. Por supuesto, si quedarse en casa nunca se consideró valioso, hoy no se considera ni planteable. El ritmo vital pospone el tener hijos y –en consecuencia- reduce su número. David Brooks observa que las mujeres tienen más opciones sobre el tipo de vida que quieren llevar, pero no tienen más opciones sobre cómo secuenciar su vida.

Criamos además niños competitivos y perfectos: en el seno materno oyen a Bach por mejorar su inteligencia; antes del colegio, pasan por clases de natación, solfeo, chino o inglés. Esos niños perfectos exigen madres perfectas –y padres sublimes-, sin que quepa ahí atenerse a un libro de instrucciones. Va de suyo que es imposible ser perfecto sin interrupción. Eso no genera, de puertas adentro, los sentimientos más risueños. Más bien genera frustración.

Hay una cierta ingratitud en haber desplazado a la maternidad de la centralidad del mundo. Reivindicarla no es sino afianzar el sentido de piedad que funda la vida humana como un vínculo anterior a la justicia. Personalmente, la madre moldea la memoria del afecto: su amor nos hace capaces de amor. Socialmente, transmitía la palabra de la civilización. Es llamativo que, de toda la literatura amorosa que se ha escrito en la historia, la más ardiente, la más dedicada, no viniera de ningún poeta en celo, sino que esté en las cartas a su hija de madame de Sevigné, “toujours pleurant et toujours mourant”. Por ella aprendemos la lección de las madres de este mundo: que de todos los vínculos de la tierra, el más fuerte –madre e hijo- es un vínculo de amor.

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