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Madrid en agosto

"El mundo de Jonás Trueba es un mundo de tímidos, de gente no miedosa pero sí insegura, seres que titubean, que dudan"

Foto: Cartel 'La virgen de agosto' | Iluso Films

Si todas las películas fueran como las que hace Jonás Trueba, cuánto me gustaría el cine… A quienes nos gusta vivir para sobre todo poder mirar allá fuera e ir viendo qué pasa encontramos en él a un buen cómplice: un director que sabe dejar la cámara quieta durante largos segundos, que sabe sentarse y ponerse a observar como si él mismo no supiese muy bien qué va a ocurrir en algunas escenas o quién va a aparecer por la puerta, que claramente pone todo lo que él es en la pantalla y sin embargo sabe que no debe interponerse entre el espectador y las imágenes… Muchas veces, leyendo poemas, dan ganas de pedirle al poeta que se quite de en medio, que no moleste, que diga todo lo que tenía que decir y después se retire, dejando el espacio necesario entre el lector y el texto. La actitud de Jonás Trueba es tan distinta que de hecho parece muchas veces espectador de sí mismo, alguien que se sienta a nuestro lado para asistir, igual de sorprendido y expectante que nosotros, al espectáculo incomparable de “la vida normal”.

El mundo de Jonás Trueba es un mundo de tímidos, de gente no miedosa pero sí insegura, seres que titubean, que dudan, que vacilan y que, a menudo ociosos, no saben muy bien a dónde ir, qué hacer a continuación, entre otras cosas porque se trata también de un mundo de jóvenes, y a veces muy jóvenes, como los adolescentes de su proyecto Quién lo impide. Es cierto que los personajes que son decididos y expeditivos lo son mucho, y a conciencia, pero sus protagonistas andan generalmente en esos momentos que llamamos “de transición”, sin grandes traumas pero en busca de algo, y eso hace que la estimulante sensación de improvisación sea casi continua, y que así se multiplique la ilusión de la veracidad.

La madrileña Eva, protagonista de La virgen de agosto, que se estrenó ayer, está a punto de cumplir treinta y tres años y se ve instalada en uno de esos espacios vacíos que a veces ofrece el tiempo. Los regates que recientemente le ha hecho la vida tienen la forma habitual del fin de una relación sentimental y de la constatación definitiva de que no quiere continuar con su trabajo de actriz. A la espera de nuevas motivaciones, decide pasar el mes de agosto en su ciudad, pero cambiando provisionalmente de domicilio, aprovechando la ausencia veraniega de un conocido. En buena parte del metraje contemplamos primeros planos de Eva (estupendamente interpretada por Itsaso Arana) en los que parece a punto de echarse a llorar o, al contrario, a un segundo de lanzar la gran carcajada de su vida. En esa ambigüedad se mueve muy a gusto Jonás Trueba, porque es la ambivalencia de la cotidianeidad, algo que todos vivimos todos los días. No es que sea tragicómico, porque nuestro mundo ya no es así ni permite bien ese tratamiento, sino que refleja perfectamente la alegría seria o la serenidad triste en las que comúnmente nos movemos, esa trascendencia amable y pequeña en la que nos gusta vivir, esa magia con los pies en la tierra.

La cámara no se distrae ni un momento de Eva, quien va reencontrando a personas o conociendo a otras, algo que el verano permite con especial generosidad. Es divertido ver cómo el guión (firmado por Trueba y Arana) se desentiende espectacularmente de algunos personajes, como el amigo Luis, la vecina Olga o los primos ingleses-galeses, mientras que persevera en el día a día de Eva durante esa primera quincena de agosto, siempre en su ciudad pero a la vez un poco fuera de su vida. La cámara bienhumorada y poética de Trueba va recorriendo sus espacios preferidos, ese territorio de las Vistillas, los Jardines de Sabatini o el Viaducto donde ya terminaban Todas las canciones hablan de mí o La reconquista, y la escena donde conoce a Agos (estupenda interpretación también de Vito Sanz) bastaría para convertir La virgen de agosto en la película más hermosa que he visto en 2019 (pero para afirmar tal cosa debería haber visto alguna otra).

Esa escena es central, no sólo por su ubicación en el tiempo (tanto en el del metraje como en el de la quincena) sino porque a partir de ahí se intensifica el poder simbólico de la historia, contada de una forma realmente inspirada. Aparte de la iconografía mariana que justifica el título (explícita en el final de la sesión de reiki o cuando Eva examina su cuerpo ante el espejo), o de esa arriesgada “inmaculada concepción” que se sugiere al final, se adivina que algo va a suceder, aunque también se intuye bien que no se nos va a explicar del todo, que se nos va a sacar del relato antes de que se haya llegado a ninguna decisión firme. Lo que al cabo se nos cuenta es, por tanto, los días centrales de una modesta desorientación, un pequeño fragmento de tiempo entre eso que llamamos “etapas”, lo que va del desmantelamiento de lo que se conocía a la disponibilidad a recibir nuevos regalos, a vivir nuevos hallazgos. Y todo está bien en esa narración, cuyas riendas, a medias entre lo calculado y la sorpresa, están diligentemente tomadas por Trueba y Arana, y que en dos momentos muy concretos me recordó a la última estrofa del maravilloso poema “Cara a cara” de Tomas Tranströmer, esa exaltación de lo que vivimos que (traducida desde el sueco por Roberto Mascaró) dice: “Algo llegó hasta la ventana un día. / Se detuvo el trabajo, yo levanté la vista. / Los colores ardían. Todo se dio la vuelta. / El mundo y yo dimos un salto el uno hacia el otro”.

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