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Maeztu: la cicuta y el olvido

Foto: EFE | EFE

El pasado día 4, Julio Merino publicó un artículo en Diario Córdoba titulado “Por la Memoria Histórica” del que quiero hacerme eco. Lamentaba, con sobrada razón, el sesgo ideológico de unos ciudadanos cordobeses que pretenden cambiar de nombre al colegio Ramiro de Maeztu por considerar que este vasco fue “uno de los escasos intelectuales de nivel con los que contó el franquismo y sustento intelectual e ideológico de los golpistas”.

Merino les responde bien: Maeztu fue un gran intelectual que por católico integral se opuso frontalmente al Gobierno republicano. Era un nacionalista español honesto, conservador y pacífico. Honesto hasta el punto de protestar porque el Ayuntamiento de Madrid le cobraba poca contribución y así no había manera de tener bien arregladas las calles. Conservador, porque compartía la aversión de no pocos noventayochistas a la política de partido y a la democracia liberal y veía a España como una encina que hunde sus raíces en la tradición. Pacífico, pero no cobarde. En las Cortes del 36 se atrevió a decir: “Creo ser el hombre más inofensivo de la tierra. En una batalla no serviría más que para víctima, porque nunca he llevado armas, ni las llevo, y si las llevara no sabría usarlas. Pero cuando se me conmina con la revolución social, que, después de la experiencia rusa, ya sé que implica la matanza general de los burgueses, me entra el impulso incontenible de quitarme la chaqueta, no para pelear con nadie, sino para que me den inmediatamente los cuatro tiros que me correspondan, porque es intolerable seguir viviendo bajo el peso de una amenaza que me está perdonando la vida”.

Fue detenido en julio del 36. Al comunicar su detención, el diario socialista Claridad lo declara miembro de “una generación de escritores traidores”. En la cárcel de Ventas escribió varios capítulos de un ensayo perdido titulado Defensa del Espíritu. Fue fusilado, sin juicio previo, junto a la tapia del cementerio de Aravaca el 28 de octubre.

Según Ramón J. Sender, a nadie le causó conmoción su muerte en la zona republicana, “a nadie le extrañaba entonces la muerte de nadie”. Sí se extrañó Georges Bernanos, que escribió desde Palma de Mallorca el 30 de octubre: “El pensamiento de Maeztu, de una inspiración tan entera y puramente española, es uno de esos pocos que, trascendiéndose a sí mismos, deberían unir y no dividir, porque son liberadores”. Una buena prueba de ello es el artículo que publicó el 17 de julio en la tercera de ABC, sin saber que sería el último. Se titulaba “Conversiones” y concluía así: “La civilización no puede darse nunca por supuesta. Hay que defenderla. Siempre está amenazada. Como la muerte a la vida, así pone cerco la vida animal a la del espíritu”.

¿Defienden la civilización los que voluntariamente condenan al olvido el fusilamiento sin juicio previo de un filósofo?

Si se quiere buscar ideólogos al franquismo, buena cosa sería no detenerse en este antiguo liberal (véase su conferencia en el Ateneo de Madrid el 7 de diciembre de 1910, La revolución de los intelectuales) asaltado por la realidad y husmear un poco entre los diversos promotores de la democracia orgánica. Ciertamente, Maeztu defendía una organización corporativista de la sociedad, pero al hacerlo, simplemente estaba en consonancia con lo propugnado tanto por los krausistas como por figuras que se caracterizan posteriormente por ser inequívocamente liberales, como Salvador de Madariaga. La representación de las corporaciones científicas, económicas y religiosas, que era un principio krausista, fue aceptada por la constitución de 1876. Si a todo el que ha defendido la democracia orgánica lo consideramos franquista, flaco favor le hacemos a Julián Sanz del Río, a Francisco Giner de los Ríos, al ya citado Salvador de Madariaga, a Julián Besteiro… o a Fernando de los Ríos. Ni tan siquiera era un facha Fernando de los Ríos por haber dado en México, en 1945, el discurso titulado Sentido y significación de España.

Mucho me temo que los herederos actuales de la democracia orgánica sean los defensores de una sociedad estamental que desdibuja al ciudadano para dar paso a las diversas identidades grupales que se consideran heridas, es decir, a una sociedad terapéutica que nos clasificaría por patologías identitarias.

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