David Blázquez

Mamá en el jardín

Mamá fue una castellana vieja nacida en la posguerra joven, una de esas muchas grandes madres que lo dijo casi todo viviendo

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Mamá en el jardín
David Blázquez

David Blázquez

Profesor en Comillas-ICADE y ensayista, si el ensayo es prueba y error. No se conoce lo que no se ama.

Mamá fue una castellana vieja nacida en la posguerra joven, una de esas muchas grandes madres que lo dijo casi todo viviendo.

Con su forma de afrontar las enfermedades que, acumulándose, la fueron apagando, mamá nos hizo ver que a la vida se viene a morir con dignidad, es decir, entregándose. Pocos días antes de dejarnos –apenas ya sin voz– todavía encontraba la energía para cantar y enseñar a tocar las palmas a la última de sus nietas, la única de mis hijas. O para preocuparse por un suspenso cualquiera de uno de sus muchos nietos. O para llamar desde la diálisis a una vecina e interesarse por ella y sus desgracias (mucho menores que las suyas). La entrega callada de miles de gestos, de horas y horas de fogón, al mediodía de domingos rodeados de familia o a solas, al alba de miles de días cualesquiera. Para mamá las seis de la mañana de un miércoles intrascendente de un enero gris era la hora perfecta para amar guisando.

Con su capacidad de compadecerse –no sabía ver las noticias sin llorar por quien fuera que sufriese– nos enseñó que vale más morir un poco en cada dolor ajeno que vivir con el corazón de piedra. Hace no mucho se indignó al ver a un tenista romper su raqueta contra el suelo tras perder un punto: “Si se la hubiese regalado a un niño –me decía mientras lo imprecaba– le habría hecho la persona más feliz del mundo”. Cuántas mañanas salía de casa con bolsas de bocadillos para que a ninguno de sus alumnos –fue maestra– le faltase algo que comer en el recreo. Cuántos sollozos, muchos a solas delante del televisor, por gente que no conocía, pero de la que se apiadaba al escuchar sus historias.

Con su aversión a las injusticias –expresada a veces con un proverbial pronto que fue el mayor de sus defectos y fuente de más de un problema– nos decía que más vale tener el corazón en paz, aún en el silencio del destierro, que engañado y ensordecido por el aplauso de quien manda. En su vida como profesora tuvo que abandonar varios colegios por defender públicamente a alumnos a los que otros profesores del claustro habían humillado. Nunca le importó. Para huir de la mezquindad mamá siempre tuvo los pies ligeros.

La realidad era su alimento, de ella se nutría. Se bebía a borbotones los amaneceres en Gredos, las tardes de teatro con amigos y la simple presencia de todos nosotros, marido, hijos y nietos, que nos nutríamos de ella. No perdonó ni una sus caladas disfrutonas –con los pulmones negros ya como la pez– acodada en la ventana de la cocina de casa. Mamá renacía en las visitas al mercado: sábados y sábados cargando miles de cebollas, ajos y patatas, toneladas de judías y tomates, lombardas, carnes de guisar, merluzas y doradas… Un testamento de amor en listas de la compra que seguimos encontrando, tres meses después, en pequeñas libretas y en bolsillos de prendas que todavía huelen a ella.

Mamá resucitaba mimando su jardín: un pequeño parterre con macetas y arriates de rosas y azucenas, pensamientos, lilas y un gran árbol de laurel. Hace algunos meses la encontré llorando, sentada en una silla con un pequeño rastrillo en la mano: lloraba porque ya no le alcanzaban las fuerzas para escarbar y porque sabía que había comenzado la despedida. Ese día hablamos del gran paso. A los dos nos daba mucho miedo. A ella se le iluminaron los ojillos cuando, en un susurro, comentamos qué grande sería reencontrarse con los abuelos, con la tía Elvi -una hermana suya a la que nunca conocí y que había muerto en el parto- y con Rosa, su amiga del alma.

El 23 de marzo mamá se marchó silenciosa, un lunes de pandemia. Pocos días antes habían florecido las primeras rosas de la temporada. Querían llegar a tiempo para despedirse de ella y desearle el mejor de los viajes, rumbo al Jardín de los Jardines.

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