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Mandatos democráticos

"Pero si esta semana se confirman los rumores que apuntan hacia el acuerdo de coalición entre el PSOE y Unidas Podemos, estaremos ante una buena noticia para la democracia española"

Foto: Emilio Naranjo | EFE

Desde que se celebraran las elecciones generales el pasado mes de abril, y tras varios meses de gratuita parálisis negociadora, parece que finalmente se avista la posibilidad de un acuerdo de investidura. Hemos hablado, gesticulado, sobreactuado; el espectáculo ha sido poco edificante. Pero si esta semana se confirman los rumores que apuntan hacia el acuerdo de coalición entre el PSOE y Unidas Podemos, estaremos ante una buena noticia para la democracia española. Y ello con independencia de los resultados legislativos que esa coalición pudiera traer consigo; me refiero, estrictamente, a la canalización democrática de las preferencias de los votantes. Este juicio se asienta en dos razones bastante elementales.

Primero: ya es hora de que termine esa anomalía que venía privando a nuestra democracia de un gobierno de coalición en el nivel estatal. Las geometrías variables son ingeniosas y podrían ser productivas, pero también padecen del mal de la inestabilidad. Es así positivo que nos acerquemos a la norma europea, que ciertamente conoce también la variante del gobierno en minoría apuntalado por un previo acuerdo programático; pero es que tampoco de eso hemos tenido. En este caso, socialistas y populistas (¿o ultraizquierdistas?) seguirán dependiendo del apoyo externo de las fuerzas nacionalistas o del raro consenso en asuntos extraordinarios con los partidos de centro y derecha, de manera que la posible coalición seguirá careciendo de la estabilidad que proporcionaría una mayoría absoluta conjunta. Pese a ello, la novedad será bienvenida y debería fijar un nuevo estándar para ese futuro multipartidista que parece aguardarnos.

Y segundo: la coalición PSOE-UP es la más fiel traducción parlamentaria del mandato que cabe identificar en los resultados electorales. ¡Cuidado! Este concepto debe ser manejado con prudencia, pues el voto es individual y de su agregación no cabe deducir la existencia de ninguna «voluntad colectiva», por más que los partidos suelan recurrir a ella para justificar sus decisiones. Sin embargo, sí que cabe demandar de esos mismos partidos que sean coherentes con sus discursos de campaña, honrando su palabra ante los votantes: acerca de para qué quieren gobernar y, llegado el caso, con quién. Desde ese punto de vista, un partido socialista que hizo campaña contra «las derechas» hace muy bien en gobernar con la segunda fuerza del bloque de izquierda, apoyándose para ello de manera previsible en unos partidos nacionalistas que ya redondearon la mayoría necesaria para expulsar a Rajoy del poder.

Así las cosas, la probable coalición entre PSOE y UP acaso desagrade a aquellos ciudadanos que votaron a los socialistas esperando que pactase con Cs o que preferirían que los nacionalistas careciesen de influencia sobre la agenda gubernamental, pero no es menos cierto que Cs había advertido de que no pactaría con los socialistas y se ha mantenido -sea cual sea la opinión que se tenga de ella- fiel a esa promesa. Es tal la pobreza expresiva del voto individual que esos matices, por suerte o por desgracia, no caben en la urna.

En suma, no parece que la coalición venidera constituya ninguna sorpresa o anomalía en el marco de la pasada campaña electoral; al contrario. Toca cambiar de pantalla.

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