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Maneras de creer

Observa interesantemente el filósofo italiano Alessandro Ferrara que, si los comparásemos, los porcentajes de fieles que acuden al rezo en mezquita en países de mayoría musulmana, y de creyentes que asisten a servicios religiosos en un país occidental como Estados Unidos, no serían, verosímilmente, muy distintos. Tanto en un sitio como en otro la religiosidad está muy viva y nutre la identidad personal de una mayoría de ciudadanos. Sin embargo, de Estados Unidos decimos que es una sociedad secularizada y de países como Egipto, Pakistán o Irán, que no lo son. ¿A qué se debe?

La respuesta no hay que buscarla en que, en un caso, se trate de regímenes laicos –consagran la separación entre Iglesia y Estado en sus leyes– y, en otro, de regímenes confesionales con una religión oficial. Aunque estrechamente relacionados, laicismo y secularización son fenómenos diferentes. La respuesta es más bien que los creyentes de uno y otro país, el confesional y el secularizado, creen de manera distinta. Los creyentes en el seno de sociedades religiosas creen como parte de una disciplina colectiva que alcanza a todos o casi todos; su creencia es sincera, pero también un hábito social universalmente sancionado que no se discute. En cambio, los creyentes en sociedades secularizadas –incluso si son una mayoría social, como en Estados Unidos– están obligados a vivir su fe como una más entre opciones existenciales posibles: reconocen, de mejor o peor grado, que mucha gente a su alrededor no cree; que creer o no creer son planes de vida igualmente aceptados y aceptables; asumen lo que el filósofo Charles Taylor llama el «marco inmanente» en el que todos convivimos. Y es que no se entiende gran cosa del proceso secularizador si por tal se entiende un proceso por el cual la gente deja de creer en dios (tal parece ser la extenuante empresa de los propagandistas del ateísmo). Si así fuera, la secularización, más que una etapa universal de término, se habría revelado como un fenómeno ideológico exhausto y casi exclusivamente europeo. No: lo determinante del proceso secularizador, explica Taylor en su magno tratado Una era secular, es que muta el contenido fenomenológico de la creencia. Los creyentes en una sociedad secular saben que su creencia no es compartida por todos: su fe es una propuesta más en el gran diálogo entre estilos de vida; en una sociedad religiosa, la creencia es la posición social por defecto y deja poco o ningún espacio a vivencias alternativas.

De ahí lo interesante que sería que Norteamérica o Europa se convirtieran en escenario del nacimiento de un islam secular, cuyo eco reverbere más tarde por todo el orbe. Para ello es necesaria una amplia tutela de la libertad religiosa, tan amplia como lo permita el mantenimiento del orden público y la preservación de los elementales valores de igualdad y autonomía personal. El proceso, lo estamos viendo, no estará libre de fricciones. Será, como ha pedido el último Habermas, una educación mutua. Los ateos han de asumir que el vaticino ilustrado de un mundo sin religión no se ha cumplido, y que los contenidos de fe de los demás no sólo deben ser tolerados, sino que pueden ser objeto de un respetuoso interés. Los creyentes han de aceptar que el Estado, garante de su libertad de conciencia, no puede ser, en cambio, perfectamente neutral: en las tareas que le encomendamos promoverá cosmovisiones científicas; en el debate público, el lenguaje secular, accesible por todos, tendrá, al cabo, primacía sobre el vocabulario religioso. Solo así podremos ser, creyentes y no creyentes, seculares todos.

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