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Manifiesto cultural

Foto: Susan Yin | Unsplash

Nunca ha sido un caballo electoral. Tampoco el arma cargada de futuro que se soñó para la poesía. Es tan solo una palabra llana o grave cuyas tres sílabas en las que se divide podrían ser tú, yo, nosotros. Lo suficiente para convertirnos en sujetos de nosotros mismos y en un diálogo más o menos creativo con las convenciones de lo real y la aventura en los territorios de la imaginación. Cultura. Del latín, de cultivo, y de la libertad de la que aprendimos a explorar mar adentro la vida a través de la literatura, del cine, de la música, del arte. Y a buscar en el fondo en blanco de un folio, de un lienzo, de la corchea de un silencio o de las fisuras de lo que se nos impone como realidad, la posibilidad de un interrogante, de una desobediencia argumentada, de una metáfora o un sonido nuevo, la sospecha de una trama diferente, un mundo más ancho y emociones sin costumbre.

La cultura es un antídoto contra el narcisismo, el aislamiento y la exclusión del otro. Un instrumento eficaz en el propósito de indagar sobre los límites de las palabras; la naturaleza sensible de la música; el pulso del cuerpo en dibujo ingrávido; la biografía íntima de cada cuadro. Es fascinante el disfrute de la mirada al evaluar la percepción de la luz y del color, la profundidad, el extrañamiento de una y de otro. Lo mismo que entender la genealogía de la imagen, la representación de lo simbólico, la poética del espacio, el murmullo de las texturas, el equilibrio con lo antagónico, las huellas de lo invisible, y los márgenes del cuadro. Una mirada que también permite escucharlos. Las voces de fiesta y de propuestas de sensualidad de los personajes del Baile en el Moulin de la Gallette de Renoir; la seda desabrochada del deseo y la fuerza de la pasión en un abrazo en Le Verrou de Fragonard; Las bañistas de Cezanne invitando a descubrir en su coreografía femenina de los desnudos en humedad, el susurro de las confidencias y las risas, el eco de Degas en la gestualidad del acicalamiento. Una consumación de la pintura como hábitat, sin su privatización de moda para hacer caja. Unos miles de euros por brindarle una hora la sala a quienes son incapaces de intimidar con la belleza y su misterio con tan solo cerrar los ojos y abrir los sentidos, aislados de la multitud en ruido rodeándolos.

La cultura es un antídoto contra el narcisismo, el aislamiento y la exclusión del otro

He vuelto a pensar en la riqueza educacional de la cultura, sobre cuya educación Hesíodo nos enseñó que ayuda a las personas a aprender a ser lo que son capaces de ser. Sobre todo en esto días en los que, debido a su falta, muchos han retornado a las cavernas de la furia y al pasado donde anduvo rehén la libertad creativa, su faceta de conciencia crítica. Igualmente me la ha recordado la muerte de la grande Francisca Aguirre de la poesía y de todos, a la que tanto le gustaba que los poemas se leyesen en alto, y que su casa fuese un libro abierto en el que conversar fuese darse la mano. Encarnó ella la palabra (también ésta de la que les hablo) hospitalaria y feliz, paraguas en las tormentas, pan que llevarse al corazón, a la conciencia y a la boca. Consigna incluso para reconocer la labor de calidad e independencia de una de sus repúblicas impresa y gratuita, Mercurio, en la que la escritura era también una forma de leer los libros y de fomentarle a cualquier lector una lectura más completa. Emociona cuando ese esfuerzo se reconoce por encima de quienes son rehenes de sus silencios.

Manifiesto cultural 1

“Le Verrou”, de Fragonard.

Otras veces es un comité de expertos como ICOMOS el que toma la palabra en defensa del Palacio de Bellas Artes de San Sebastián de 1914, cuya pantalla enmudeció de estrellas hace décadas y su elegante fantasma de cine es acosado por la economía que nos tasa, nos recluta y nos clausura. Más aún en una esquina donde el metro cuadrado se vende por encima de los 6.700 euros. Qué fácil es vencernos con la soberbia del dinero. O enredándonos en las redes que dictan la popularización de los likes de una mano sustituyendo la solvencia de un jurado que un año apuesta por productos curtidos de lenguaje, experiencia y vanguardia y al otro invisten de modernidad lo insustancial y pobre, calificando lo contrario de elitistismo. Tal vez la clave resida, como afirma Álvaro Sobrino, en que la cultura pasó de ser un sustantivo esencial a diseñarse como un adjetivo prescindible. Subscribo su criterio en estos días en los que la política enajenó la pólvora de su lenguaje, en lugar de atemperarse en aquello que nos une, y dejar de uniformar cualquier palabra, todas las palabras.

Los medios de comunicación han encajonado la cultura entre la banalización del espectáculo y la tiranía de la visualización de datos

No hay destello (pero no ahora en la batalla, es igual en los días corrientes) de filosofía, de lucidez equilibrada, de necesidad existencial de cultura en la gran mayoría de los argumentos abanderados. Su introspección únicamente proviene de las tripas y del espejo roto frente al que cada cual busca la identidad que no se parezca a su frustración, a su ira y sus fantasmas. No es raro que al término democracia se le haya amputado el de cultura precediéndole. Ni que ningún partido determine conducir más allá de lo burocrático su convicción en una Ley de Mecenazgo; ayudas que favorezcan la labor creativa; que las instituciones dignifiquen su gestión, en lugar de la precarización a las que someten su trabajo, y su dependencia técnica al discurso político o los concursos públicos al perfil en sombra.

Alabada sea Notre-Dame

La catedral de Notre Dame, ardiendo. | Foto: Geoffroy Van der Hasselt | AFP

Demasiado tiempo exigiendo una auténtica apuesta por el Humanismo de la educación evidencia el interés de la política y de la economía en mantener una sociedad que sin cultura deja de enfrentarse a sus dudas, de hacer preguntas, de cuestionar los dogmas. Tampoco se libran los medios de comunicación que la han encajonado entre la banalización del espectáculo y la tiranía de la visualización de datos, cautiva del boom de las redes donde campean la posverdad y el ilusionismo de excelencia. Encima arde Notre Dame, y su símbolo de Europa nos envuelve en lágrimas y humo. Quizás haya sido la metáfora de la voracidad del siglo XXI, avisándonos de que Fahrenheit 451 no es una distopía. El futuro ha llegado para apagarnos.

Combatirlo dependerá de la resistencia de quienes sigamos reivindicando que la cultura no es un negocio, sino una empresa ética para saber y crear progreso. Una brújula en los sueños, en la niebla y en los espejismos de la realidad. La cultura no se derrota. Se acalla, se cierra o se quema, pero siempre renace de la memoria, de la palabra y de la mirada. Exijamos comunicarnos con ella.

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