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Maniobras de escapismo

"Ayer a media mañana el Presidente Pedro Sánchez propuso al President Quim Torra que el próximo lunes 24 de febrero se constituya la mesa de negociación entre gobiernos en el Palacio de La Moncloa"

Foto: Borja Puig de la Bellacasa | Pool Moncloa

Ayer a media mañana el presidente Pedro Sánchez propuso al president Quim Torra que el próximo lunes 24 de febrero se constituya la mesa de negociación entre Gobiernos en el Palacio de La Moncloa. Al cabo de pocos minutos, desde el Palau de la Generalitat se afeaba el anuncio al considerarse que la comunicación se había realizado sin acuerdo previo y sin tener en cuenta la agenda del President. Esta respuesta disconforme podría interpretarse como una reacción ante una descortesía, vale, pero más bien debe descodificarse como una nueva maniobra de escapismo ante la actitud del nuevo gobierno. Porque el día anterior Torra y su entorno ya habían mostrado su voluntad de posponer el inicio del diálogo formal. Primero su portavoz afirmó en rueda de prensa que más importante que la agenda era decidir si habría o no mediador sentado en la mesa y luego, durante la madrugada del martes al miércoles, Torra respondía al diputado Mena de los Comuns por Twitter bautizando la mesa con un nombre que en realidad imposibilita su potencialidad antes de activarla: Taula de Negociació del Dret a l’Autodeterminació. De trenes, le dijo, que hablen otros.

Así estamos a las 12.15 del mediodía y vaya uno a saber cómo acabaremos el día, pero la cosa pinta que tendremos una jornada más del juego del teléfono. Uno empezó diciendo día 24 y al fin, entre risas, acabaremos por no comprender nada. No comprender nada o, tal vez, comprender con pasmo que a medio plazo (como si en presente hubiera otro) la única estrategia del independentismo resistencial es no dialogar sobre nada para así poder seguir instalados en un conflicto sobre el todo que se retroalimenta para que no pueda ser abordado. Porque el conflicto territorial –una crisis constitucional que mutó en conflicto de Estado– ha acabado por fagocitar más y más actividad institucional (como mínimo en Cataluña) y la posibilidad de abordarlo, asumiendo que la única salida es la cesión mutua de las partes, implica un ejercicio de pragmatismo que difícilmente puede ser asumido por aquella parte de la ciudadanía (y sus dirigentes y voceros) que ha acabado por pensar la política como una batalla en la que se gana todo o se pierde todo. Pero planteadas así las cosas, buscando maniobras de escapismo para no rescatar la política de la épica, lo más probable es que sigamos atrapados en la nada.

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