The objective

El Subjetivo

Opiniones libres de algoritmos

Opiniones libres de algoritmos

Mansa Musa y el lujo de la envidia

Foto: STELIOS VARIAS | Reuters

Hace ocho siglos ser, como era Mansa Musa (emperador del Tombuctú y de sus minas de oro), el hombre más rico de la historia del mundo te compraba cincuenta y siete años de vida, doce mil esclavos vestidos de seda, veinte ciudades de lodo y el más esplendoroso Hajj a la Meca en la historia del Islam. Es decir, cosas mínimas. Hoy en día el mismo viaje que le tomó al rey Mali más de diez meses en completar (inmersos, no olvidemos, en las ardientes arenas del Sáhara, al ritmo del camello taciturno y sin Youtube), además de media tonelada de oro, la hago yo, por ochocientos euros, en seis horas y media de avión, con audífonos, un libro traducido y un bote de aspirinas. Y eso no siendo ni Bill Gates ni muchísimo menos, sino ganando el salario medio en España en este siglo veintiuno.

Aun así, a la pregunta “¿Quién fue más feliz en su vida – Mansa Musa o yo?” No logro darle una respuesta convencida. Y no por ser yo infeliz – yo estoy, según el diagnóstico de mi portera (que no es médico), ‘bien’. Algunos días hasta ‘favorecido’. Pero quién soy yo para sospechar sobre el estado de ánimo de un rey. Que conquistó ciudades, se hizo el roadtrip más famoso de la historia. Que acarició, en su época, el imposible (ir a la Meca desde el África occidental). Y que luego regresó, sin cansancio alguno, a fundar las legendarias librerías de Tombuctú -en búsqueda, vale acotar, y sin ganas de faltarle el respeto, de verdades metafísicas que yo consigo en dos segundos en Google. Pero bueno -que hizo lo que quiso. Y que fue rico. Muy, muy rico.

Aun así, y para dejarme de merodeos, este Mansa Musa es un indigente al lado de los 102.000 suicidas que hubo en el mundo occidental en el año 2014. Aquellos que, según la misma lógica progresista del sistema en el que vivimos, debían de haber sido tantas veces más feliz que él. Que tenían expectativas de vivir noventa años sin pasar un día de mucho calor o mucho frío gracias al gas y el aire acondicionado. Que tenían resguardados casi todos sus derechos. Con internet y toda su oferta gratuita de entretenimiento a sus manos. Con acceso ilimitado a aquel condimento tan preciado en la África del medioevo – la sal. Tanta sal como Musa tenía oro. Pero que sin duda fueron muchas veces más infelices que él.

Tal es la impotencia final del progreso y la relatividad del dinero. Es verdad susurrada que toda la riqueza del primer mundo no contenta a sus habitantes, cuyo mayor lujo es seguir muertos de la envidia. Evidencia de lo cual es admitir que todos en algún momento hemos fantaseado con ser príncipes en un pasado sin microondas. O con gozar más, a pesar de nuestras actuales comodidades, en el futuro que nos prometen tanto populistas como autores de ciencia ficción. O en vivir la vida del vecino. Es la verdad y debemos admitirla. A pesar de tanto progreso nunca seremos, plenamente, felices. Ni siquiera en la utopía… Con lo cual mejor vivir para otras cosas.

Más de este autor

Más en El Subjetivo