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Manual de populismo aplicado

Foto: Carlos Garcia Rawlins | Reuters

Nada agrada más a la teoría que las demostraciones que la realidad, de cuando en cuando, le suministra. Andábamos estos años discutiendo acerca del populismo, sin ponernos de acuerdo acerca de casi nada -su naturaleza y rasgos, su relación con la democracia y las instituciones, su filiación ideológica, e incluso su misma existencia- hasta que llegó Venezuela. O sea, hasta que Venezuela nos ha recordado las peores posibilidades del populismo con un caso práctico que parece hecho por encargo. Esto no quiere decir que todos los populismos sean como el venezolano, ni que este país agote la discusión sobre el fenómeno populista. Pero no cabe duda de que su trayectoria es expresiva de los rasgos que describe la teoría. Se trata de un feliz encuentro epistemológico que no puede ser más infeliz para sus protagonistas.

Sabemos que el populismo enarbola la soberanía popular para acceder al poder, estableciendo un antagonismo irremediable entre pueblo y élite. Esto lo convierte en un fenómeno intrínsecamente democrático que, a la vez, supone un peligro potencial para la democracia. ¿No dice el líder carismático ser el único representante legítimo del “pueblo”;, hasta el punto de personificarlo teológicamente? Así Hugo Chávez: “No soy un individuo. Soy el pueblo”. Eso significa que no hay oposición legítima, pues solo hay un pueblo y quienes no se alinean con él se convierten en sus enemigos. Por otro lado, el chavismo se predica fundador del “socialismo del siglo XXI”; y tampoco eso debe extrañarnos: el populismo puede ser de izquierda o derecha, porque es una ideología débil que siempre se manifiesta en tándem con otro cuerpo ideológico más amplio. Y que incluso puede emplearse como mera estrategia o estilo que sirve para alcanzar el poder. Por eso cualquier líder político puede apropiarse de elementos del discurso populista.

Ahora bien, el populismo no es per se anti-institucional y así lo comprobamos allí donde se hace régimen, como sucede en Venezuela. Más bien, quiere remodelar las instituciones y acomodarlas a su concepción la política, desmantelando en la medida de lo posible la representación pluralista o la división de poderes. Aunque la constitución venezolana instituya -no sin cierto sarcasmo- hasta cinco poderes distintos. La suspensión temporal de los poderes de la asamblea legislativa, la inhabilitación de Henrique Capriles o la subordinación de los jueces al poder ejecutivo no son entonces accidentes políticos, sino un reflejo de la idea populista de la democracia, tan deudora de aquel imposible rousseauniano de la volonté générale. Distinto es que instrumentos como el revocatorio o el plebiscito solo valgan mientras puedan usarse exclusivamente contra los demás. ¡Solo faltaría!
Por todo esto, Jan-Werner Müller ha escrito que el populismo es “tendencialmente antidemocrático”: porque la realización de sus principios básicos es incompatible con una democracia moderna que es representativa y pluralista. Eso no quiere decir que el populismo sea indefendible. Pero adherirse a él implica apostar por una concepción afectiva del vínculo social, que impugna el racionalismo liberal y sus instituciones en nombre de una alternativa que, de momento, no puede exhibir una cuenta de resultados demasiado edificante.

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