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Manuel Valls. La conexión París-Barcelona

Foto: EMILIO MORENATTI | AP

Barcelona, vuelvo a casa (Espasa), es el libro que tenía que ser, aunque no sea el que más nos habría gustado a quienes queremos conocer a Manuel Valls y no solo al candidato a la alcaldía de Barcelona. La coyuntura para la que ha sido parida esta biografía (darse a conocer al pueblo de Barcelona) determina cada frase, cada párrafo, cada capítulo, haciendo parecer la vida de Valls una marcha inevitable hacia el número 1 de la Plaza de San Jaume, como si haber sido primer ministro francés hubiera sido solo un entrenamiento a la verdadera batalla: destronar a Ada Colau formando un frente que aglutine a Ciudadanos, PSC y PP.

Manuel Valls (Barcelona, 1962) conoce bien sus limitaciones. Sabe que es visto por muchos como un extranjero con dudosas credenciales barcelonesas. A responder a esas acusaciones dedica el ex primer ministro francés páginas y páginas: su nacimiento en el barrio de Horta, sus veranos barceloneses con escapadas en Citroën Dos Caballos a Cadaqués incluidas, sus vínculos con intelectuales y artistas catalanes en París, apelotonados en el humilde estudio-hogar de su padre, el pintor Xavier Valls. Y una letanía interminable de nombres y apellidos catalanes con los que Valls salpimienta su relato y destinados a mostrar su abolengo.

Las fobias y los apegos del pueblo catalán son muchos. A unas y otros se dirige Valls con un tono sentimental muy propio de la tierra: sentimiento de decepción cuando el Leeds United echó de la entonces Copa de Europa al Barça de Cruyff, aquel primer “te quiero” pronunciado en catalán y no en francés… Sentimientos sin los que el procès sería inexplicable y sin los cuales nadie podría aspirar a nada en Cataluña.

Valls no ha dudado en sacar pecho de su experiencia como alcalde de Evry y como primer ministro, especialmente en lo que toca a temas como la recuperación de la economía, la gestión de los atentados terroristas, la seguridad ciudadana, la apertura a Europa o la lucha contra el cambio climático. Los adláteres de Valls saben que esos ejes podrían acercarle a posicionamientos que van desde el centro derecha hasta el centro izquierda, el espectro al que puede razonablemente aspirar.

En un entorno económico cargado de incertidumbre y severamente dañado por el éxodo generado por el procès Valls podría ofrecer estabilidad y facilidades a un determinado ecosistema empresarial, especialmente, al vinculado a la asociación Barcelona Global. La banca, al parecer, se muestra algo preocupada por el pasado socialista de Valls y a sus posibles dejes heredados.

En lo que toca a la seguridad ciudadana, Valls intentará posicionarse como un candidato experimentado y firme en la lucha contra el terrorismo (fue él quien definió la labor antiterrorista del estado francés como una “guerra”) y contra la violencia en las calles. Los datos ofrecidos este mes por la Junta de Seguridad de Barcelona son alarmantes y preocupan a los votantes: en el último año, los hurtos y robos con violencia aumentaron un 19% en Barcelona, ciudad que aglutina el 55% de los robos que se comenten en toda Cataluña. Hace apenas un mes Valls atacaba la gestión de Colau: “No puede ser que en el único ranking en el que haya subido Barcelona sea en el de la inseguridad”.

El cambio climático y la apertura a Europa son firmes convicciones de Valls y servirán de reclamo para la (no exenta de complejidades y sombras) Barcelona cosmopolita que se siente asfixiada por el provincialismo calçotil y abotifarrado del secesionismo.

La irrupción del ex primer ministro francés en el escenario político catalán ha sido, como cuenta él mismo y corroboran personas de su entorno, inesperada y paulatina. A Valls lo arrastró poco a poco hacia Barcelona la fuerza centrífuga del procès y del 1-O, al tiempo que, a otros, los expulsaba la centrípeta a esquivar la justicia en Bruselas o a encontrar la prisión preventiva en Madrid. El papel del entorno de Sociedad Civil Catalana y, posteriormente Ciudadanos, fueron decisivos para que Valls decidiera embarcarse en esta nueva aventura política.

La historia de Manuel Valls tiene algunos ingredientes similares a la de Michael Ignatieff, el profesor canadiense al que, después de muchos años fuera de su país, unos hombres de negro convencieron para regresara a su Canadá natal para devolver al partido liberal al poder. Ignatieff, uno de los intelectuales más finos de nuestra época, fracasó en su empresa y estrelló a su partido, condenándolo a la insignificancia hasta la llegada de Justin Trudeau. De aquella experiencia nació sin embargo, Fuego y Cenizas (Taurus), una de las mayores biografías políticas de nuestro tiempo.

Pero Manuel Valls no es un intelectual metido a político. Él, a diferencia de Ignatieff, atesora experiencia y olfato. Esperemos que, además callo y el oficio, le acompañe también la suerte.

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