Ricardo Dudda

Maradona, Sebreli y la importancia de los aguafiestas

«En Argentina, Sebreli lleva décadas enfrentándose a los mitos nacionalistas del país. Ha criticado duramente a Perón, a Evita, a Maradona»

Opinión

Maradona, Sebreli y la importancia de los aguafiestas
Foto: JORGE REY| AP Images
Ricardo Dudda

Ricardo Dudda

Periodista y miembro de la redacción de Letras Libres, columnista en El País y autor de "La verdad de la tribu". La corrección política y sus enemigos.

A Juan José Sebreli le gusta ir a la contra. Cuando algunos criticaban al Papa Francisco por ser un populista de izquierdas, el ensayista argentino decía que Bergoglio era realmente un populista de derechas: por su pasado peronista y cercanía a la dictadura militar en Argentina, por su mezcla de conservadurismo moral y dogmatismo religioso. Sebreli es un antiperonista de izquierdas, una figura casi inexistente en Argentina. Pero, sobre todo, es un provocador. Alguien dijo una vez que es como «el pelo en la leche». Un tipo incómodo, a veces irritante, impertinente en el buen sentido, que se divierte yendo contra las convenciones.

En Argentina, lleva décadas enfrentándose a los mitos nacionalistas del país. Ha criticado duramente a Perón, a Evita, a Maradona. En Comediantes y mártires. Ensayo contra los mitos (Debate, 2008), traza un durísimo perfil del futbolista que acaba de fallecer: su relación con la dictadura militar de Videla, su amistad con Fidel Castro, Hugo Chávez y Evo Morales, sus vínculos con el crimen internacional y la mafia (que van más allá de la Camorra; tuvo conexiones también con cárteles en Colombia), sus problemas con las drogas y cómo la FIFA hizo como si no supiera nada, sus negocios ilícitos en el mundo de la noche.

Hoy millones de argentinos lloran la muerte de Maradona. Se han suspendido las clases. Se ha celebrado un funeral de Estado en la Casa Rosada. Maradona es un dios laico.

En su libro, Sebreli cuenta historias de fanatismo delirantes:

«Hasta tal punto el Estado y la sociedad argentina protegían a Maradona, que estuvo al borde de originarse un conflicto internacional cuando en 1994 el gobierno japonés le negó la entrada al país por los problemas del jugador con la droga. La reacción fue unánime: el seleccionado se negó a jugar en la Copa Kirin y el embajador argentino en Tokio, José R. Sánchiz Muñoz, manifestó que el asunto ‘complicaba seriamente las relaciones entre ambos países’. La opinión pública reflotó la eterna teoría de la conspiración mundial contra la Argentina. Los niños japoneses en Buenos Aires fueron agredidos en las escuelas con apelativos racistas. Hasta estalló una bomba en el edificio de la embajada japonesa de Buenos Aires que se adjudicó la Organización Revolucionaria del Pueblo (ORP); acompañaba el evento un escrito donde se leía: ‘Maradona sí, Japón no’».

Muchos hoy en Argentina dicen «No me importa lo que hizo Maradona con su vida, me importa lo que hizo con la mía» para de alguna manera justificar los desmanes del futbolista. Sebreli les responde: «El culto de los héroes es pernicioso porque proclama el fanatismo como virtud, fomenta el odio y la intolerancia hacia el disidente, remite a impulsos inconscientes autodestructivos y ataca el pensamiento racional y crítico». Sebreli es un aguafiestas, una figura poco apreciada pero siempre necesaria en las democracias.

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