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Maravilla

Wonder, de Raquel Jaramillo Palacio, se titula en español La lección de August. Es la historia de un niño con severas deformidades craneales, que explica en una primera persona tierna y directa, punzante e inocente, su llegada a un colegio de secundaria y la relación que tiene con sus profesores y compañeros. El niño se llama August, pero no solo es la historia de August y sus problemas de adaptación escolar. Es la historia de cualquier niño en edad escolar y de sus miedos y sentimientos. Ahí reside su éxito y su interés para mí. Wonder significa maravilla y maravilla es para mí ver a mi hijo mayor -que justamente acaba de pasar a la escuela de “seniors”, igual que el protagonista- leer este libro como si no hubiera un mañana.

Hay niños que leen poco y niños que leen mucho, porque sus padres son muy lectores, porque tienen esa afición desde muy niños o porque algo hizo click, algo les enganchó desde su tierna infancia, aunque en su casa no hubiera una especial la afición a la lectura.

Yo tengo uno de cada. Un niño de 9 años muy lector, que puede pasarse una hora en la cama cada noche, antes de dormir, con el libro que sea, y otro hijo de 11 nada lector, que rechazaba los libros de ficción de forma activa pues solo le interesaban los conocimientos científicos y bebía toda la fantasía de las películas. A mí, como amante de la literatura que soy, me preocupaba esta actitud de rechazo casi orgulloso, visceral, hacia la actividad de sumergirse en un libro de muchas páginas –Wonder tiene cuatrocientas- porque yo misma era así de pequeña. No encontraba lecturas motivadoras que me envolvieran y solo recuerdo el mantra de mis padres: “lee, cariño”, “¿por qué no te gusta leer?”, “leer es maravilloso”… o de las profesoras y su chistecito habitual: “Lea, lea usted”.

Empecé a encontrar motivación, un poco por casualidad, porque en mi infancia tardía o preadolescencia, aparecieron en el kiosco unas reediciones fantásticas de El coyote que me engancharon muchísimo. Mi pasión por la buena literatura se afianzó leyendo a Kafka, una de las lecturas obligatorias de la clase de literatura en el bachillerato. Son dos hitos que recuerdo para apuntalar una afición en la que siempre, desgraciadamente, he sido más refractaria que voraz. Esto me hace pensar que hay muchos niños como yo. Niños que creen que odian leer, pero lo que odian son libros corrientes, de prosa infantilizada, con los que les es difícil conectar por el motivo que sea o por ser chavales con problemas de lectoescritura, por ser de Altas Capacidades, por ser más exigentes que la media, por no tener modelos a imitar, o por tener pasiones fuertes en otros ámbitos que hacen tediosa la idea de estar sentado con un libro.

Este año, el hijo que no leía no suelta la historia de August. El viaje al colegio es muy largo y tenemos la costumbre de llevar una minibiblioteca en el asiento trasero, para aprovechar los atascos matinales, así que Wonder se convierte en la lectura de las idas y venidas. Es uno de los tres libros que el niño de 11 años tiene que leer este año para el colegio y en ningún momento tengo que recordarle que se ponga a ello, como hacía en años anteriores. Él mismo lo hace y debo darle las gracias de esto a la profesora de lengua inglesa y al currículo británico, que no sólo han seleccionado Wonder como uno de los libros adecuados para esta edad, sino que ponen en pie un sistema de animación a la lectura motivador y práctico.

Y es que son los colegios los que deben formar a los nuevos lectores. La clave está en tomar la lectura, no como un complemento a las clases de lengua, sino como una asignatura propia, que enseña a redactar, a pensar, a comprender el mundo, a resumir, a percibir.

Los miércoles es el día que toca “book day” o “Biblioteca” y es una de las asignaturas que más le gusta al muchacho que no quería leer. Para motivarlos, se dota la asignatura de una estructura. Los niños tienen que ir rellenando fichas y páginas de progreso con el libro, personajes, han de cumplir unos objetivos semanales de lectura, compiten unos con otros por ver quien lleva más leído y así se motivan leyendo todos a la vez el mismo libro y conversando sobre él en clase como si de un club de lectura se tratara. Muchos colegios hacen cosas así, o mejor dicho, algunos profesores hacen cosas así, pero no es lo habitual en primaria. Debería ser, no solo lo habitual, sino obligatorio. No leer, no, (todos sabemos que el verbo leer no se conjuga en imperativo, excepto para hacerle el chiste a la que escribe estas líneas). Lo que debería ser obligatorio es enseñar a amar la lectura con sistemas de animación y motivación desde el lugar más apropiado para convertir a los no lectores en futuros admiradores de las letras. Ese lugar es el colegio. Un lugar, que a veces, con cosas como esta, es una verdadera maravilla.

 

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