Juan Claudio de Ramón

Margaritas desde Londres

¿A qué tipo de persona se le ocurre pedir a domicilio un chocolate caliente? ¿Se haría también traer la cerveza caliente desde Munich?

Opinión

Margaritas desde Londres
Foto: Vaishnav Chogale
Juan Claudio de Ramón

Juan Claudio de Ramón

Se licenció en derecho y en filosofía. Su máxima aspiración es alcanzar el ideal de tertuliano propuesto por Catón el Viejo: vir bonus dicendi peritus; un hombre honesto que sabe hablar.

La otra noche llevé a unos amigos a una de mis heladerías favoritas. Les había prometido un helado de pistacho, untuoso al límite de la decencia. Mientras esperábamos turno, me fui impacientando. El normal rato de espera en la fila se hacía eterno, al estar el único dependiente afanado en una tarea que no terminaba de entender. Al parecer preparaba con esmero un chocolate caliente. Pero el cliente no estaba ahí. Lo había pedido online y la atención incompartida del angustiado mancebo estaba en cómo introducir el bebedizo en un vaso que lo tuviera caliente y sin derramar durante el trayecto. Porque termo no había. Como tenaces ingenieros, varias opciones fueron discutidas hasta que el repartidor de Glovo metió la bebida humeante en el canasto cuadrado de su bici, de un modo que no debía de ser menos precario que su sueldo. Se perdió dando pedaladas por una callecita romana en la noche tibia y barroca.

Llegados a este punto la impaciencia había dado paso a una perplejidad que se debatía entre la risa y la indignación. ¿A qué tipo de persona se le ocurre pedir a domicilio un chocolate caliente? ¿Se haría también traer la cerveza caliente desde Munich? Recordé el episodio al leer la noticia de que el ministro de agricultura de Nigeria se ha quejado de que los ricos de su país han adquirido el hábito de encargar pizzas a Londres que luego pasan a recoger al aeropuerto, vía British Airways, compañía que, como todo el mundo sabe, tiene vuelos diarios de seis horas y media de duración entre Londres y Lagos, lo que añade al concepto de «cómida rápida» el atractivo adicional de «y sin escalas». El caso, al parecer no fantasioso, produce espasmos de hilaridad: tenga aquí su pizza margarita ¡recién salida de la cinta de equipajes! Después se va directamente al llanto. El ministro nigeriano aludía a la excesiva dependencia importadora de su país, pero creo yo que la anécdota lo que refleja es un conocido rasgo psicológico de la afluencia: el poder darse caprichos que no interesan por sí mismos, sino porque los demás no pueden acceder a ellos. A veces la crematística raya en la sociopatía: sin duda quien puede pedir un pizza por avión también puede abrir una pizzería en Abuja o Lagos, pero prefiere lo primero.

Aunque hay que tener cuidado con denunciar estos excesos caligulinos. Comentando el asunto, mi mujer me recordó que en casa nosotros nos hacemos llegar clavos por Amazon porque nos cae mal el dueño de la ferretería de debajo de casa. Y tirando de ese hilo tuve que admitirme que también los pistachos con los que el maestro heladero me prepara las suculentas bolas hipercalóricas con los que a veces calmo mis sentimientos deben de provenir de Irán, que a la vuelta de la esquina no está. No es lo mismo, pero un poco sí es lo mismo y al final uno no sabe si vive en un mundo absurdo o maravilloso.

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