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Mario y mis perros

Permita el lector que termine dándole las gracias a don Mario, por aquellas clases, por estas conferencias, y por ese pasado que, en algún lugar, enlaza con el mío.

Foto: Paul White | AP

Abrasaba ya el calor en Madrid, pero aun así tuve a bien usar chaqueta. La ocasión lo merecía: volvía Vargas Llosa a la arena de la actualidad, y lo hacía a través de una entrevista que Pepa Bueno dirigía en el marco del evento «Cruce de Caminos». Ya había tenido la ocasión de escucharle apenas a unos metros de distancia años atrás, en unas jornadas universitarias en El Escorial, una noche de verano donde la chaqueta sí estaba justificada. Él tenía quince primaveras menos, yo también. Ni la Preysler habían hecho volar por los aires aún aquel aire descuidado, ni en mi bisoñez yo tenía capacidad para intuir al gigante detrás del desaliño. Ahora es otro hombre, creo. En 2019 es elegante hasta para elegir corbata donde a todos nos sobra la chaqueta; mientras, aquel verano en El Escorial se decantaba por un torpe cuello alto. En la octogeneidad refuerza su discurso, con la cultura como acicate para el pensamiento crítico. Estoy con él: la única manera de avanzar es plantearte por qué avanzas, y para eso nada como el humanismo, hoy tan denostado.

No sé si en el verano de 2004 alguien pensaba que al verlo subir a un escenario quince años más tarde tendríamos la sensación de estar sentados frente a la última leyenda viva de la literatura en castellano. Entonces sólo pensaba en que «La ciudad y los perros» era el primer libro que me obligaron a leer en Filología. O, al menos, el primero que recuerdo, lo cual no es poco. La edición no llevaba aún el dichoso premio en la faja, y como yo era más de García Márquez y la universidad es una época donde todo se polariza, acceder a su lectura era casi como derribar la integridad que no tenía. Pero accedí, y descubrí que hay una forma de rebuscar en el pasado muy diferente a la del Gabo, sin la idealización de aquél, pero tañendo las cuerdas de la nostalgia con tanto o mejor gusto. Más tarde, en algún punto entre 2004 y 2019, descubrí que toda la literatura consistía en eso, en mirar atrás. Y para entonces, mis deudas con la juventud de Mario ya eran demasiadas: ¿Cómo influye el determinismo en su obra? ¿Qué elementos renovadores desde el punto de vista lingüístico introdujo?

No sé si estas preguntas que nacieron en la facultad sobrevolaban mi mente cuando, al final de la charla, Pepa Bueno lanzó a la palestra el documental que Chema de la Peña estaba cerca de estrenar, y que tiene por título «Mario y los perros». En el impasse que va desde el evento hasta la publicación de esta columna he podido verlo, y certifico que en la mirada a popa se halla el secreto del arte. Observar cómo ese Vargas Llosa mítico que te permite escribir columnas de la nada se moldeaba entre los muros del Leoncio Prado es sólo una prueba más. Si la cita de Rilke no estuviera tan manoseada, acabaría el texto diciendo algo así como que la patria del hombre es el pasado. Pero como de ese manoseo ya se puede sacar poco, permita el lector que termine dándole las gracias a don Mario, por aquellas clases, por estas conferencias, y por ese pasado que, en algún lugar, enlaza con el mío.

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