Irene Cacabelos

Marrones "reales"

Terminada la tregua judicial establecida tras la abdicación de Don Juan Carlos, el juez Castro se prepara para dar el siguiente paso en el tristemente célebre Caso Nóos.

Opinión

Marrones "reales"

Terminada la tregua judicial establecida tras la abdicación de Don Juan Carlos, el juez Castro se prepara para dar el siguiente paso en el tristemente célebre Caso Nóos.

Me va a costar interiorizar eso de «Rey Felipe VI». Qué quieren que les diga. Después de 33 años llamándole «Príncipe Felipe» se me hace raro lo del cambio de monarca. Pero ya le hemos proclamado y en su primer discurso, cargado de buenas intenciones, ha prometido encabezar una  «Monarquía renovada para un tiempo nuevo». Yo añadiría: para un tiempo convulso y lleno de retos. No lo tendrá fácil porque es imposible que cumpla con todas las expectativas que se han depositado en él en apenas 96 horas de reinado.

Muchos creen que Felipe tendrá en el desafío catalán su propio 23F, y la primera «batalla» se librará la próxima semana en su visita a Gerona. Si consigue tender algún puente ya habrá conseguido mucho, porque en los últimos meses las relaciones con Artur Mas andan bastante deterioradas, por no decir que son inexistentes.

El Gobierno y la Corona tendrán que repartirse los papeles de «poli bueno» y «poli malo» o aplicar lo del palo y la zanahoria para intentar que el hijo pródigo vuelva al redil y se olvide de escenarios que, hasta el momento, solo han generado división.

Será su primer reto, pero no el único. Terminada la tregua judicial establecida tras la abdicación de Don Juan Carlos, el juez Castro se prepara para dar el siguiente paso en el tristemente célebre Caso Nóos. La ausencia de Cristina e Iñaki Urdangarín durante estos días hace pensar que el nuevo Rey está dispuesto a sacrificar los lazos de sangre en pro de la institución que representa y a la que busca sacar a flote.

También hubo mensaje en este sentido en su primer discurso ante la Cámara. Quiso dejar claro que todos somos iguales ante la Ley y que la transparencia será uno de sus sellos de identidad. Nobleza no le falta a esa intención pero la sociedad española no está ya para promesas vacías. Quiere hechos y exige pruebas y nadie le perdonaría que esas palabras fuesen una suerte de «programa electoral» que nunca se cumple una vez alcanzado el poder.

Mucho me temo que la Monarquía está pagando no solo su propio pato que, ojo, también lo tiene, sino que además está cargando con el peso del deterioro de todas las instituciones del Estado. Y cuando digo todas, me refiero sobre todo a la encabezada por la clase política, a la que estos días de focos sobre la Zarzuela le han venido de perlas para tomar aire e intentar volver a escena.

Harían bien los partidos políticos en poner en práctica su propia abdicación. El PSOE ya está en ello y muchos piensan que al Partido Popular tampoco le vendría mal un lavado de cara. Lo malo es que la mayoría sigue instalada en el «carpe diem» cuando hace rato ya que estamos en el «tempus fugit».

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