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Martirio y absolución

El presidente autonómico Carles Puigdemont interrumpió una sesión del Parlamento de Cataluña para proclamar que “la democracia española está enferma”. El diagnóstico es certero. Lo que resulta extraño es que sea él quien lo profiera. Es como si, estando en cama con fiebre, un paciente recibe la visita de sus virus para que le anuncien apesadumbrados: “Parece que tiene usted una gripe”.

El nacionalismo vive de diagnosticar las enfermedades que provoca. Es una manera de resumir la vieja teoría –tan vieja como el nacionalismo- de la profecía autocumplida.  Hay exyugoslavos que saben explicar muy bien el proceso: tanto nos repitieron que no podríamos vivir juntos que la convivencia se hizo imposible.

El día después de que Artur Mas compareciera ante el juez, un editorial de El País repartió de forma equitativa las culpas: “Asistimos a un acto judicial cuya celebración plasma e ilustra el fracaso de la política y de los políticos involucrados. De todos ellos, sobre todo de los dirigentes de los dos Gobiernos, central y autónomo”. De todos ellos, dicen sin rubor. Entiendo que un exceso de amor puede resultar opresivo y quizás a eso se refieran los independentistas cuando hablan de opresión. Lo que es innegable es que nunca antes un oprimido había dispuesto de tantos recursos públicos para resistir a su opresor.

Hay una opinión publicada que solloza cuando ve a un expresidente de Cataluña sentado en el banquillo y clama: ¡es un juicio inédito!  Tal fue el adjetivo que La Vanguardia colgó en su portada. No sé de qué se sorprenden: prevaricaciones inéditas provocan juicios inéditos.

En febrero de 1982, el día 19 se cumplirán 35 años, en el barrio madrileño de Campamento comenzó un juicio inédito que sentó en el banquillo a 32 militares y un civil. Cada crónica escrita por Martín Prieto para El País, luego recopiladas en Técnica de un golpe de Estado, es una crónica de lo inédito. Hoy nadie –nadie en sus cabales, quiero decir- considera que aquel juicio fuera un fracaso de la política sino la inevitable fiebre que acompañó al estirón democrático en España. Valga el ejemplo para demostrar que inédito no es sinónimo de indeseable.

En la declaración de Artur Mas ante el juez, y en la de Joana Ortega y en la de Irene Rigau, se percibe una incómoda tensión entre el orgullo y la coartada. Como si no quisieran renunciar ni a la absolución ni al martirio, siendo ambos incompatibles y absolutos. El tercerismo español, abrumadoramente mayoritario en los medios, quisiera otorgarle el privilegio de ambos. Ya tienen el martirio y ahora pretende concederle la absolución.

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