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Opiniones libres de algoritmos

Opiniones libres de algoritmos

Más allá del mundo polarizado

"Una sociedad que exige una respuesta, por supuesto las suyas. De modo que lanzan sus opiniones a la red y experimentan un ligero entusiasmo tras cada like"

Foto: Jens Jhonsson | Unsplash

Dos sujetos anónimos se levantan un día cualquiera en distintos puntos de la ciudad. Tras vestirse desayunan al mismo tiempo que destripan la actualidad deslizando los índices por las pantallas de sus iPhones; da lo mismo si en una cafetería, en el edificio donde trabajan o en esa misma casa en la que despertaron. Uno de los dos vota a la izquierda, el menos peinado. Entre sus hashtags preferidos: #síalaescuelapública, #contraelmachismo o #yodecido. Es fanático de la tolerancia: relativiza cualquier afirmación que se parezca a una certeza, sobre todo si está en contra de las suyas; y cree en la bondad del ser humano siempre que el ser humano no vote a la derecha. Sus enjundiosos tuits aceleran al progreso frente al oscurantismo de esa derecha a la que vota nuestro segundo sujeto, el más peinado. Éste piensa que el cambio climático es verdad, pero que el alarmismo responde a intereses de logias que diseñan el curso de las sociedades. Defiende los festejos taurinos. A veces las acciones del nuevo Papa le fastidian por edulcoradas; aunque se queja en silencio, entre los suyos. Sus tuits combaten la perversidad de la izquierda identitaria, que acapara los medios y se inmiscuye en la educación de los hijos. En su perfil, junto a su nombre, una bandera de España.

Cada mañana los dos sujetos otean desde sus iPhones la sociedad. Una sociedad que exige una respuesta, por supuesto las suyas. De modo que lanzan sus opiniones a la red y experimentan un ligero entusiasmo tras cada like: son escuchados, existen y están en lo cierto (aunque solo sea entre los suyos). Lo que Twitter les muestra (en apariencia neutral) les da la razón. Las amistades, los periódicos digitales a los que siguen, los personajes públicos, todo rima con su manera de pensar la realidad. Los dos conocen el diagnóstico, tienen la receta, son la solución más efectiva.

La tarde de ese mismo día cualquiera, los dos anónimos compran en el mismo supermercado y empujan un carrito casi idéntico. Porque sus vidas se parecen mucho más de lo que piensan: los dos beben coca-cola, se decantan por los donuts, frecuentan los cines y fuman tabaco rubio, compran ropa en tiendas parecidas donde venden ropa fabricada por los mismos esclavos y forman parte del mundo en el que dicen vivir tan a disgusto. Y se saludan, resulta que se conocen. Así que charlan sobre la vida y las respectivas familias. Y en sus sonrisas aflora la vida que desatienden pero que acabará imponiéndose el día de lo repentino: el amor, la enfermedad, la muerte, todo lo humano que hay más allá del gueto ideológico. Y al cabo de unas horas, cuando las estrellas coronan la sociedad polarizada, los dos sujetos, cada uno en su cama, sienten la punzada del miedo al pensar en el futuro. Se preocupan y sueñan con una casa más grande, con un trabajo menos precario. Lamentan sus errores a la vez que se prometen ser mejores personas. Les sacude igual el sufrimiento, las ganas de ser feliz y alimentar a tus hijos. Ambos son la mano que acaricia y el ojo que llora, la herida y la infancia. Y puede que hasta recen. Incluso den las gracias por la vida que tienen en un mundo pese a todo hermoso, con dones inmerecidos. Sus corazones vuelven a parecerse en la oscuridad, mientras el mundo redacta las noticias de mañana. Noticias que arrojar al bando contrario con un solo dedo desde el bar o la casa o la oficina.

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